A primeros de noviembre se celebra el
Día de Difuntos, en el que es costumbre que se lleven flores a los cementerios
para adornar las tumbas de los familiares, con lo que por esas fechas suelen
quedar muy hermosos, con los monumentos funerarios adornados. También, como es
día feriado, es una buena ocasión para si queda cerca de un domingo hacer un
puente laboral, y Alonso aprovechó aquel para invitar a pasar unos días a
Madrid a Marlene, con la que seguía en continua relación postal y telefónica.
Invento, este último, que por fin habían decidido mis padres instalar en casa,
lo que le permitió a Alonso informarme de la noticia y concertar una cita con ellos.
- ¿Si conoces algún lugar agradable que
pueda competir con las cuevas donde ellas nos llevaban en Paris?
- Se me ocurre el “Oliver”, que tiene
un piano en el sótano, ya estuvimos alguna vez este verano.
- Me parece apropiado… antes tenemos
intención de ir al cine a ver la última de Buñuel, si te quieres apuntar…
Aunque la censura continuaba tan férrea
como en años anteriores y Luis Buñuel estaba considerado como un director
maldito por los entes gubernativos El
discreto encanto de la burguesía había
ganado el Oscar
en 1972
a la mejor película extranjera,
representando a Francia, y no habían podido desviar su proyección, aunque sólo
autorizaran su versión original en francés y en salas de Arte y Ensayo. Buñuel
deseaba filmar la película en España,
mas no le fue posible por la censura
franquista. En el filme se entremezclan las realidades con los sueños hasta
conseguir un entramado en el que es difícil separar lo real de lo soñado:
Don Rafael Costa (interpretado por
Fernando Rey), embajador de Miranda (un imaginario país latinoamericano), y el
matrimonio Thévenot están invitados a cenar en casa del matrimonio Sénechal
(interpretados por Stephane Audran y Jean-Pierre Cassel), les acompaña la
hermana pequeña de la señora Thévenot, que es muy sensible a las bebidas
alcohólicas. Pero ha habido una confusión de fechas y ni el señor Sénechal se
encuentra en casa ni hay cena preparada, y los cinco deben ir a un restaurante.
Al llegar se dan cuenta de que no podrán cenar porque el dueño del lugar ha
muerto aquella misma tarde. A partir de este momento, las reuniones entre este
selecto grupo de burgueses se verán interrumpidas por una serie de eventos
extraordinarios, algunos reales y otros producto de la imaginación de los
personajes.
En realidad lo que une al embajador con
los empresarios vernáculos es que funciona como camello de cocaína aprovechando
la inmunidad de la valija diplomática, y Buñuel, a partir de estas premisas,
aprovecha para ir lanzando sutiles ataques hacia la doble moral del Estado, la
Iglesia y el Ejército burgueses, trufados con las diversas formas que los
humanos tenemos de entender el sentimiento de la muerte, y aunando la comicidad
con la poesía. En los aspectos técnicos, se inventa el ruido de fondo (paso de
un avión, teclear de una máquina de escribir,…) cuando quiere que el espectador
no se enteré de alguna frase dicha por los actores que podría resultar
demasiado polémica, una especie de autocensura que provoca el efecto contrario,
pues cada cual puede darle a la frase según sus propias ideas un sentido más
fuerte que el que hubiera escuchado.
Mientras comentábamos algunos de estos
aspectos de la película que acabábamos de visionar llegamos al “Oliver”. Era
éste un pub con claras influencias anglosajonas que estaba de moda en el
mundillo intelectual del momento y donde no era difícil encontrar a algún
escritor, pintor o cineasta de prestigio. Me lo dieron a conocer los de la
pandilla de Pepu, y como el ambiente era agradable y la música suave lo daba a
conocer a mis amistades.
Se desarrollaba en un esquinazo con ochava y en dos
niveles, el de calle con la barra y mesas alrededor junto a las cristaleras de
las fachadas, y el sótano presidido por un piano situado en un pequeño
escenario y una mínima pista de baile. La decoración era en azules pálidos y
dorados, y las luces indirectas. Y hablo en pasado porque en la actualidad es
un restaurante del tipo hamburguesería… Los tiempos están cambiando, que diría
Bob Dylan.
Marlen era hija de exiliados
republicanos españoles por lo que, a pesar de ser parisina, hablaba en un muy
correcto castellano sin ningún tipo de acento. Estábamos sentados en una mesa
lateral del sótano en espera de que comenzara la actuación del pianista y la
música ambiental corría a cargo de Leonard Cohen.
- Parece que por aquí siguen tan
salvajes como de costumbre, han rehabilitado la pena de muerte y tienen un
Presidente de Gobierno, el almirante Carrero Blanco, del más puro estilo
franquista.
- Para trabajar como vendedora de ropa
estás bastante puesta en política -comenté tras de atragantarme con el sorbo de
cerveza que tenía en la boca.
- Mi padre sigue con sus ideas y me
mantiene bien informada -explicó Marlen.
Alonso, que la tenía echado un brazo
sobre los hombros la atrajo hacia sí y la dio un beso en la frente.
- ¡Ay, mi revolucionaria! Por ahí
afuera no acabáis de entender las profundas transformaciones que tiene esta
sociedad, y que el fin de la Dictadura está más cerca que lejos…
- Pues parece todo lo contrario -se
desasió ella del abrazo.
- Corren malos tiempos para la lírica
-eché mano a Bertold Brecht para restablecer la armonía -, estamos en un
momento de involución global, tenemos el caso de Chile, se comenta que Pablo
Neruda se murió de pena en su Isla Negra.
“Puedo escribir los versos más tristes
esta noche,
Escribir, por ejemplo,
La noche está estrellada…”
Y tras de aquella noche Marlen volvió a
su Paris, Alonso a sus trucos televisivos y yo a la universidad.
Estábamos celebrando el último día de
curso antes de las vacaciones navideñas, había algo de cava y algunas
cascarujas, uno de los profes progres había consentido en posponer el examen que
teníamos esa mañana hasta el regreso vacacional, y nos había cedido su aula
para el festejo… Entonces irrumpieron los grises y nos desalojaron de malos
modos entre exabruptos.
Nadie comprendía nada pero salimos
ligeritos y en la Avenida de la Complutense nos fuimos juntando con una riada procedente
de otras Facultades y Escuelas Técnicas, que también habían sido desalojados de
sus propios festejos, mientras una riada de furgones policiales iban arriba y abajo
haciendo tañer sus locas sirenas.
Después me enteraría que el Presidente
de Gobierno, don Luis Carrero Blanco, había muerto en un atentado en el que
habían hecho estallar una gran carga de explosivo bajo su coche en una calle del
Barrio Salamanca, y me acordé de que mi desconocida Celia me había preguntado
si sabía de alguien que alquilara un bajo con sótano por aquella zona para unos
amigos suyos. Coincidencias, tal vez.

