El viaje a Paris estuvo lleno de
aventuras iniciáticas, más para Alonso, que se enamoró perdidamente de Marlen, una
amiga de la prima de Dolfo, que disponía de un automóvil y se convirtió en
nuestra guía en la noche de la ciudad circulando a una velocidad bajo los
subterráneos colindantes con el Sena de auténtico vértigo, así que cuando años
después contemplé por la tele los despojos del accidente de Lady Diana, me
admiré de seguir aún con vida.
Para dormir nos ofreció compartir su
pequeño apartamento, en realidad a Alonso compartir también la cama… pero
tampoco se duerme tan mal en un sofá si has pasado un día ajetreado y bien
acompañado.
Por el día, Marlene trabajaba en una boutique, embelleciendo con ropas elegantes a parisinas y
forasteras, y yo arrastraba de museo en museo a un ojeroso Alonso que llegó a
abominar la pintura impresionista. Nuestra dieta alimenticia hasta la puesta de
sol consistía en sendas baguettes con patés y quesos del país, regadas con vino
de Bourdeos sin marca, que comprábamos en cualquier supermarché y degustábamos
en el parque que mejor nos venía a la mano, en espera de la atención nocturna
de nuestras anfitrionas. Y los días pasaron tan rápidos que en un visto y no
visto nos vimos subidos en el tren Puerta del Sol de regreso a casa, una
demostración más de que el sentido del tiempo es sicológico, y a las
ocupaciones cotidianas: Alonso al visionado de películas y yo a la universidad.
- Tiene que ser aburrido pasarse toda
la jornada visionando bodrios…
- Te aseguro que lo es, por eso en vez
de comprobarlas junto a mi compañero de trabajo nos vamos turnando, a no ser
que sea una interesante y, entonces, la disfrutamos juntos. Este trabajo también
tiene otros alicientes paralelos -comenzó a confesar Alonso. Desde la célebre
madrugada de la piscina habíamos intercambiado bastante información sobre
nuestras ideas políticas y sociales. El había sido alumno en la universidad de
don Enrique Tierno Galván, gran profesor de ideas sociales avanzadas que le
costaron que durante un tiempo estuviera apartado de su cátedra y que, años
después, llegaría a ser Alcalde de Madrid, y el pensamiento ideológico de mi
amigo se movía por las esferas de su maestro, aunque nunca acabara de
reconocerlo porque los tiempos no estaban para presumir de ideales avanzados -.
¿No sé si contártelo?
Íbamos sentados en pasajes paralelos, y
el traqueteo del tren invitaba a la somnolencia, por lo que a nuestro alrededor
la gente dormitaba y era difícil que nadie escuchara nuestra conversación. No
obstante Alonso echó una visual al entorno antes de proseguir en voz más baja:
- Cuando hay oportunidad de que se
proyecte una película interesante frente a un bodrio programado le ponemos a
éste tantos impedimentos de falta de calidad en tramos de visionado y sonido
que no tienen más remedio que cambiar la programación -y sus ojos claros
chispeaban de malicia.
- ¿No tenéis miedo a que algún día os
descubran el truco?
- En la “Casa” -era así como
denominaban en el argot sus empleados a los estudios del medio televisivo- hay
mucho relajo y el responsable de la supervisión está más preocupado por trepar
escalones confraternizando de despacho en despacho, o en la cafetería, que por
realizar su labor…
El curso
comenzó demasiado pronto para mi gusto, supongo que también para mis compañeros
de clase, y, sin saber cómo, nos vimos envueltos en la vorágine de la rutina
diaria. Y de las amistades habituales, del 93 y de fuera de él. Y de los hábitos
cinéfilos.
Mariana me acompañó a visionar una peli
que tuvo mucha fama por aquellas fechas al cine Metropolitano.
Papillon es una película de 1973 dirigida por Franklin J. Schaffner, que ya había tenido un
gran éxito con “El Planeta de los Simios” y con “Patton”, y que estaba
protagonizada por Steve McQueen, actor muy taquillero, y Dustin
Hoffman, que se dio a conocer en “El Graduado” y ya había interpretado
algunos grandes papeles. La cinta, con guión de Dalton
Trumbo, está basada en la novela escrita por Henri Charrière en 1969.
Condenado a cadena perpetua por un
crimen que afirma no haber cometido, Henri Charrière, es enviado al exilio en
las colonias penitenciarias de Guayana Francesa y la Isla del Diablo. Conocido
por su apodo de Papillon, debido al tatuaje de una mariposa que lleva en el
pecho y que simboliza la libertad, Charrière dedica todo su tiempo y energía a
escaparse con sus amigos y compañeros de cárcel, entre ellos Degà. Un día,
recibe un castigo y se encuentra incomunicado durante dos largos períodos. Tras
trece años de detención salvaje, su coraje y su fe indestructibles lo llevarán
a la libertad.
Tanto la novela como la película pueden
considerarse obras de denuncia, ya que al tiempo que descubren las entrañas del
sistema penitenciario de las colonias francesas, muestran algunos aspectos
crudos y tortuosos del trato a los prisioneros, de las torturas tantos físicas
como psicológicas, además del esfuerzo que el espíritu humano, en este caso
representado por el mismo Papillon, hace por adaptarse a un medio altamente
hostil, que ofrece pocas posibilidades a la supervivencia, un ambiente aislado
del mundo, en medio de pantanos pestíferos y malsanos, en cárceles subhumanas,
ardientes y oscuras, con celadores insensibles y crueles. Pero sobre todo, es
de destacarse la persistencia por alcanzar la libertad, por defender el poco de
dignidad humana que puede conservarse en la cárcel, incluso exponiendo la vida
a cambio de ella. Todo esto en su conjunto explicaría el éxito de la novela y
la película.
Terminada la proyección, después del
verano tan movidito en lo sexual que había tenido, en medio de los besitos y achuchones
con que solíamos despedirnos le hice ciertas proposiciones a Mariana, que ella
rechazó muy airada, con lo que pude comprender que me encontraba ante otro tipo
de mariposa.
Pocos
días después Pedro Francisco, que continuaba con sus actividades sindicales, me
convenció para que le acompañara a visitar al Ebanista, que continuaba
pudriéndose en la cárcel de Carabanchel con grandes deseos de revolotear de
nuevo en la calle como una mariposa. Se encontraba bastante preocupado por un
suceso que apenas si había tenido difusión en los noticieros pero que después tendría
unas amplias repercusiones: la detención del anarquista Salvador Puig Antich
acusado del asesinato de un inspector de policía.
- Le van a juzgar por el procedimiento
militar y, aunque parece que no hay pruebas de que sea él el autor de los
disparos, lo más probable es que sea condenado a muerte…
Y así fue, a pesar de las muchas manifestaciones que se
hicieron fuera y dentro del país a favor de la conmutación de la pena capital,
y hasta de la petición que el Papa de Roma hizo en este sentido. En abril del
año siguiente fue ejecutado por el procedimiento llamado “garrote vil”. Todo el
proceso fue llevado años después a la pantalla por el director Manuel Huerga en
la película Salvador.

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