Otra novedad entre las salas de
programación era que la Filmoteca Nacional había decidido sacar a la luz sus
fondos y para ello alquiló un cinematógrafo que se encontraba de capa caída, el
cine California, situado por la zona de Chamberí. Al aliciente de poder
visionar películas que nunca habían sido proyectadas en salas comerciales, unas
veces a causa de la censura y otras porque la mayoría ya tenían bastantes años
y no representaban ningún atractivo para el gran público, estaba el añadido de
que había precios reducidos para estudiantes.
El compañero de habitación de Dolfo en
el Colegio Mayor se llamaba José Alfredo, pero todos le llamaban Pepu. Precedía
de Santander y estudiaba Bellas Artes. Aunque un poco presuntuoso en cuanto se
refería a Arte -era un admirador convencido de Picasso. y se debía de
considerar a sí mismo como un futuro inventor de algún nuevo estilo pictórico-
era bastante afable y congeniaba muy bien con mi compañero de aulas. Tenía una
cuadrilla de amigos, todos relacionados por sus convicciones vanguardistas,
bien respecto de las diferentes artes bien de la literatura, y solían realizar
de cuando en cuando alguna fiestecilla sin necesidad de que el motivo tuviera
mucho fundamento, y más bien fuera activado por las ansias de divertirse. Dolfo
siempre era invitado a participar en ellas, y en alguna ocasión le acompañé. En
una de ellas conocí a Mariana.
Mariana estudiaba la carrera de
Filología Francesa en la Complutense, y se convirtió en una entrañable y asidua
compañera a los diferentes ciclos que se organizaban en la Filmo. Era rubia y
un poco regordeta, la mezcla de razas que la habían elaborado: su abuela era
chilena, su madre sueca y su padre inglés, sobre lo que yo conociera, habían
dado como resultado una especie de walkiria moderna digna de figurar en una ópera de
Wagner.
Por
lo general era yo quien la alertaba cuando veía en la programación alguna
película que podía resultar de su interés, porque todavía no disponíamos de
teléfono en casa y la recíproca resultaba imposible. Así que me tocaba bajar a
la calle y buscar la cabina telefónica pública más cercana al 93, que no estaba
tan cercana sino como a unas dos
manzanas, tener la suerte de que ella se encontrara en su domicilio, pues a
veces se iba a estudiar a la biblioteca con alguna compañera de clase o a otros
asuntos, tener la suerte de que dispusiera de tiempo, tener la más suerte de
que la peli que yo había imaginado que podía interesarla la interesaba… en fin,
todo un cúmulo de aspectos favorables que se cumplieron el día que proyectaban
“La Edad de Oro”, de Buñuel. Así que pude disfrutar tanto de la proyección de
la película como de la compañía de mi amiga, con la que solía hacer manitas en
la penumbra de la sala, y de vez en cuando recibir un sabroso beso, tenía unos
labios carnosos y una lengua deliciosa, cuando la acompañaba hasta el portal de
su casa, junto a la Iglesia de Los Jerónimos Reales, una preciosa joya del
neogótico, cuyo claustro ha sido reconvertido en ampliación del Museo de El
Prado, con diseño del arquitecto Rafael Moneo.
Luis Buñuel vivía desde 1925 en París, donde realizaba diversas
actividades en ámbitos culturales y artísticos muy variados. El año anterior,
fruto de una intensa y muy productiva semana de trabajo con Salvador Dalí,
en Figueras,
y con el dinero que le había dado su madre, rodó Un perro andaluz, inolvidable película que, con el tiempo, revolucionaría por
completo la industria y el concepto de cine.
La mítica “Edad de Oro”, a la que ya
hiciera alusión Miguel de Cervantes en su célebre “Discurso de las Armas y las
Letras”, incluido en la segunda parte de El Quixhote, siempre ha sido un referente
literario y artístico desde el Renacimiento.
Respecto a “La Edad de Oro”, película,
una vez rodada y montada, con novedades tales como la voz en off, utilizada por primera vez en el cine y con un uso muy explotado
posteriormente, el del monólogo interior, se preparó una proyección privada en
casa de los Noailles, a la que asistieron miembros del grupo surrealista y
algunos amigos más. Días más tarde, organizaron una proyección privada en el
cine Pantheon, a las diez de la mañana, de la que la gente salió indignada y
que acarreó muchos problemas a los Noailles. Así, Luis Buñuel escribió en sus
memorias: "Marie-Laure y Charles recibían a los invitados en la puerta,
les estrechaban la mano sonriendo y a algunos hasta los besaban. Después de la
sesión, volvieron a situarse en la puerta, para despedir a los invitados y
recoger sus impresiones. Pero los invitados se marchaban deprisa, muy serios,
sin decir una palabra. Al día siguiente, Charles de Noailles fue expulsado del
Jockey Club. Su madre tuvo que hacer un viaje a Roma para intentar parlamentar
con el Papa, ya que incluso se hablaba de excomunión."
A
pesar de todo esto, estuvo seis días a sala llena en Studio 28, hasta que fue
prohibida por la policía, debido a las presiones de grupos conservadores de
extrema derecha, los Camelots du Roi y los Jeunesses Patriotiques, los mismos
que destrozaron la sala durante una de las proyecciones. Dicha prohibición duró
hasta 1980 en Nueva York y 1981 en París. En España, con el estallido de
la Guerra Civil, se perdió la cinta.
Quizá contribuya todo esto a
hacer de la película casi un objeto de culto, una obra muy preciada, no sólo
por el valor indudable que en sí misma tiene.
Acerca del tema de la
película, Buñuel escribió: "L'Âge d'Or es también —y sobre todo—
una película de amour fou (amor loco), de un impulso irresistible que,
en cualesquiera circunstancias, empuja el uno hacia el otro a un hombre y una
mujer que nunca pueden unirse."
Se trata, pues, de la
rebelión de dos amantes que se niegan a que su amor, pasional y sujeto sólo a
sus propias normas, tenga que ser extinguido debido a los prejuicios y
preceptos morales y sociales tradicionales. Teniendo en cuenta que sería ésta
la línea argumentativa de la película, podemos incluso considerarla como una
metáfora del propio grupo surrealista, de su manera de entender la vida y las
relaciones humanas, de la necesidad de ser coherente con los principios morales
propios, pese a las normas de conducta convencionales: la jerarquía civil, el
clero, las normas de conducta, el poder de la aristocracia, la buena educación,
el equilibrio, la mesura de los instintos propios, el autocontrol y, en
definitiva, el predominio de lo racional sobre lo instintivo, en todos los
aspectos de la vida de la persona.
Las dos líneas temáticas
principales son, entonces, el amor y el deseo (con toda la carga de
sensualidad, sexualidad y frustración que implican) y, por otra parte, los
intentos de estos dos amantes de volver a la edad de oro (se ve, pues, que el
título de la película recoge uno de los principales temas de los que trata), es
decir, de acabar con la sociedad burguesa asentada sobre los pilares
tradicionales de la jerarquía social y el clero y que impide al individuo ser
él mismo.
También hay otros subtemas:
1.- La violencia: en
diferentes contextos, tanto los absurdos (suicidio del ministro del Interior cayendo
contra el techo), como otros en los que, tradicionalmente, no está justificada
(guardabosques que mata a su hijo porque le ha apagado el cigarrillo) o con una
intención de mero choque en el espectador (Gaston Modot golpea a un ciego que
quiere tomar el mismo taxi que él en Roma). Liberar estos instintos es parte
también del programa surrealista, como sabemos, y ellos mismos lo ponían en
práctica en sus vidas en distintas situaciones.
2.- La Iglesia/el clero:
aparece cuestionada en cuanto a su organización jerárquica y a su poder
represor. Pero no se puede decir que se trate de un “anticlericalismo feroz” de
Buñuel, como decía Dalí, sino más bien una revisión sutil y humanizadora de una
institución demasiado corrompida por siglos de costumbres, ritos y tradiciones.
3.- La decadencia y la
putrefacción: no tanto como un medio plástico utilizado para provocar
reacciones entre el público sino, sobre todo, como un icono, una simbología
cargada de significado entre los surrealistas. Pero vemos esta decadencia no
sólo en las imágenes de excrementos o mutilaciones, sino también en los
convencionalismos sociales sin sentido en la fiesta aristocrática o en los
edificios de Roma que se derrumban, como símbolo de una civilización que ya no
se tiene en pie.
4.- Sade: personaje
verdaderamente influyente en todos los surrealistas, a quien leían con devoción
y cuyos principios de liberación sexual encajaban a la perfección con las ideas
que tenían los surrealistas al respecto. Buñuel reserva para él el final de la
película, separándolo acaso del resto, como si fuera el veneno que los
escorpiones tienen al final de la cola, segmentada, como la película, en seis
partes. De este modo, no es presentado como un símbolo más, como una imagen,
sino casi como una metáfora del veneno que los mismos surrealistas encerraban
para la sociedad que les rodea. Provocativa es la identificación de Sade con la
imagen clásica de Cristo con barba y túnica. Quizá pretende Buñuel demostrar
así que Cristo también era humano y, cómo no, provocar al espectador una vez
más, remover los cimientos de la educación europea cristiana tradicional.
5.- Dificultad de
comunicación entre los seres humanos: tema realmente constante en la historia
de todas las artes de todos los tiempos y que preocupaba especialmente a
Buñuel. El ser humano no es capaz de hacerse entender correctamente por otros,
de que se le escuche y se le comprenda, no sólo a niveles profundos, como en
una pareja (la que forman Lya Lys y Gaston Modot), sino incluso en situaciones
más sencillas de la vida. Por poner un ejemplo, Gaston Modot sólo se libra de
los policías que le llevan preso por las calles de Roma al enseñarles el
certificado oficial pero sus palabras no habían servido antes de nada. En este
sentido, muchos de los surrealistas tenían también esta misma preocupación e
intentaban plasmarla en sus diferentes piezas de arte.
6.- Humor/absurdo:
ingrediente imprescindible en toda creación surrealista. En L'âge d'or
hay constantes ejemplos de ello. La mayor parte son juegos formales, por así
decirlo, pero algunos, como el paso del carro lleno de campesinos que beben
vino por la fiesta aristocrática sin que nadie les preste atención, revelan el
absurdo de las situaciones que habitualmente están tan codificadas que ya ni nos
sorprendemos cuando a nuestro alrededor suceden cosas así.
Con estos ejemplos de temas o
contenidos que son motivos surrealistas, se puede concluir que Buñuel logró su
objetivo de hacer una película surrealista.



