Los versos de don Antonio Machado
acabaron por adormecer a Celia, a pesar de lo incomodo de la posición que tenía
que mantener para proteger su adolorida espalda de roces.
Me encontraba al mismo tiempo tan
cansado y relajado que si hubiera cerrado los ojos por un instante me hubiera
quedado como un ceporro durante horas, que no me hubiera despertado ni la
explosión de un obús de aviación que hubiera caído cercano al hotel. Así que me
vestí, le di dos besos de despedida, uno por cada nalga, a mi amiga, y salí de
la habitación.
Salté la verja del polideportivo por
aquel lugar que todos conocíamos que solían utilizar los intrusos para entrar
de gorra en la instalación.
En una noche que estaba presidida por
la desnudez me quité la ropa y me sumergí en las templadas aguas de la piscina,
comprobando que el contacto con el líquido despejaba mis sopores. Después de un
par de largos me tendí flotando bocarriba, en lo que denominábamos en el argot
“hacer el muerto”, cuando una estentórea voz me resucitó a la realidad:
- ¿Quién anda por ahí?
-¡Coño, Alonso!
- ¡Coño, Ramón!
Alonso me prestó una toalla y nos sentamos
a charlar junto a un arriate de arrayanes. El estaba en chándal, y mis ropas,
junto con mi bolsa, dispersas por el borde de la piscina.
La pregunta era evidente:
- ¿Estás loco, Ramón, lo haces a
menudo?
- Tuve una noche tan larga que se me
junto con el día -y las primeras luces del alba, que comenzaban a dar un tono
más claro al firmamento por el horizonte, daban refrendo a mis palabras, y,
para nada cortado, pregunté a mi vez:
- ¿Cómo por aquí tan temprano, siempre
acostumbras a llegar tarde a los cursos?
- Con mi trabajo tengo el sueño
cambiado, ya sabes, lo de visionar pelis para la tele.
Nunca había reparado mucho en el tema
pero la piscina estaba siempre presidida por dos banderas que ahora ondeaban
tersas a la fresca brisa del amanecer: la del Ayuntamiento de Madrid, de color
grana, con el escudo de la Villa y su oso y su madroño y las siete estrellas
del carro de la Osa Menor, y la rojigualda, con el esperpéntico águila fascista
y su pérfida y falsa consigna de: ”Una, Grande, Libre”.
- ¿Alguna interesante?
- De afuera llegan algunas bastante
interesantes, pero que sean capaces de pasar por la censura y tengan calidad no
demasiadas.
Mientras Alonso Campodeamores me seguía
explicando sobre los pormenores de su trabajo me fui vistiendo. Este consistía
en comprobar que la copia que les había llegado estaba en buenas condiciones de
luminosidad y sonido para que se pudiera retrasmitir, e ir apuntando en que
minuto exacto había algún problema y cuanto duraba. En teoría debían visionarlo
dos empleados por si a uno se le pasaba algún detalle que el otro lo percibiera,
pero en la práctica se alternaban en el visionado, y aprovechaban para hacer
alguna tarea particular o echarse una siestecita, de donde le venía lo de tener
el sueño cambiado a mi compañero.
- Lo mismo ya está abierto algún bar
por Francos Rodríguez y nos podemos tomar un café -sugirió al ver que ya estaba
vestido y haciéndome una tabla de gimnasia para entrar en calor.
- Pienso que has tenido una buena idea,
¿se puede salir por la puerta o tenemos que saltar?
- Tengo llave de la instalación, no soy
tan ágil como tú, jajajajaja
Subiendo la cuesta entre dos luces se
podía haber repetido la célebre frase de Casablanca: “Este puede ser el
comienzo de una buena amistad…”, pero éramos de otra generación, y Alonso,
recordando la pregunta que le había hecho como media hora antes sobre pelis
interesantes, me hablaba de una que recién le había impresionado: “Dios y el
Diablo en la Tierra del Sol”.
Dirigida por el brasileiro Glauber
Rocha y Palma de Oro en Cannes en 1964, estaba rodada en blanco y negro.
Sus películas eran conocidas por sus
temas políticos expresados de manera fuerte, a menudo combinados con misticismo
y folclore, pero también por su particular estilo y fotografía. Rocha está
considerado como uno de los mejores directores brasileños de todos los tiempos
y líder del movimiento Cinema Novo, así
como un polemista a tiempo completo. En una ocasión, dijo «Yo soy el Cinema
Novo» (Eu sou o Cinema Novo), parafraseando la famosa cita de Luis el Catorce, de Francia.
En 1971, durante el régimen
dictatorial militar brasileño, se marchó del país en un exilio
voluntario, viviendo en muchos lugares, tales como España,
Chile
y Portugal.
Nunca volvió definitivamente a su país natal hasta sus últimos días, cuando fue
desde Lisboa,
donde había recibido tratamiento médico por una infección pulmonar,
hasta Río de Janeiro. Rocha resistió en el hospital
durante varios días, pero al final falleció el 22 de agosto
de 1981,
a los cuarenta y tres años de edad. Se había casado tres veces y tenía cinco
hijos.
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Es una pena que no esté traducida del brasileiro, y además sin subtítulos, porque
no la podremos pasar por la tele…

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