La noche era cálida, por no calificarla
de tórrida, y no apetecía para nada entrar en un local cuando acabábamos de
salir de uno, así que decidimos sentarnos a repostar en la terraza de un
restaurante cercano. Era muy elegante y tenía la mantelería a cuadros blancos y
azules, lo que evocó su tierra a Celia.
- Procedo de Donostia, y los manteles
me recuerdan la bandera de mi ciudad…
- Esto tiene toda la pinta de ser muy
caro -la interrumpió Juan Carlos-, y los tres somos estudiantes, mejor buscamos
una pizzería.
- No te preocupes, ya dije que yo
invito. Procedo de una familia de industriales y mi padre me pasa una buena
subvención.
- Y, ¿te alojas en el hotel? -la
pregunté.
- No, es una invitación que me hizo un
amigo… que como viste nunca llegó. Me alojo en una residencia para señoritas
que me pilla más cerca de la universidad. Pero la habitación del hotel está
pagada por esta noche -me sonrió con picardía.
Y como llegaba el camarero con los
gazpachos que habíamos pedido como entrantes se interrumpió la conversación.
Nuestra reciente amiga era muy
atractiva y había algo que no me cuadraba. Pero mejor dejarse de preguntas y
disfrutar del momento, y buscar una conversación menos íntima.
- Todo este colorido que tiene el
gazpacho, con las diferentes tonos de verde y blanco, ya sabéis el verde oscuro del pimiento y el claro del pepino, la cebolla siempre tan blanca y el pan con su gama de tonos ocres, y todo sobre un fondo rojizo que siempre es diferente, me
recuerdan una peli que he visto hace unos días: “Les Fêtes Galantes”, de René
Claire, en la que experimenta sobre el color tratando de realizar sobre la
pantalla cuadros de Watteau al tiempo que cuenta la historia.
- Oí hablar de ella y parece que no
tiene muy buenas críticas -afirmó Celia.
- Es una constante en la cinematografía
de Claire, desde su “Entreacto” con música de Erik Satie.
- Siempre demasiado vanguardista, me
gusta más el cine como entretenimiento.
- A mí también -intentó Juan Carlos
meterse en la conversación.
- Pero ha tocado todos los palos, y
tiene alguna comedia muy buena como “A nosotros la Libertad” -seguí a lo mío.
En una de las mesas fronteras a la
nuestra se habían sentado tres jóvenes que tenían toda la pinta de ser
“maderos”, y no sé si por mi referencia a la libertad o por lo muy estupenda
que estaba Celia se creyeron con derecho a inmiscuirse en la conversación. Pero
el acento les delató, no eran de aquí, sino chilenos, que, como después nos
contaron, se encontraban haciendo un curso de especialización por las Españas en… no
nos lo contaron, pero un par de meses después nos enteramos…
En realidad eran simpáticos, y uno de
ellos también cinéfilo, así que acabamos por juntar las mesas y tener una entretenida
conversación sobre las realidades y las cinematografías que a la vez nos unían y nos separaban.
Como siempre es mejor tratar de lo que
te une que de lo que te separa acabamos por hablar de la comedia musical gringa
mientras saboreábamos un lenguado a la plancha que les recomendé…
- ¿Cómo va por Chile? -lancé al azar.
- Los días de Salvador Allende están
contados -recogió el guante uno de ellos, que debía de ser el sargento de la
tropilla.
- Y, ¿quién es tal personaje? -preguntó
Juan Carlos, que diferente al resto de la opinión culinaria del grupo, había
optado por un turnedó, y lo saboreaba con deleite sin prestar mucha atención a
la conversación.
- Un comunista.
- Un cabrón.
-Un pretencioso salvapatrias que está
del lado de la indiada.
- ¡Joder! - casi se atraganta Juan
Carlos con su pedazo de carne en la boca -¿me sirves un poco más de vino, Ramón?

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