sábado, 5 de mayo de 2012

8. SOBRE VIOLINISTAS EN LOS TEJADOS Y PIANISTAS EN EL CAFÉ CONCIERTO BEETHOVEN.



         Como ya dijimos, además de la Gran Vía otro área dedicada a cines de estreno era la calle Fuencarral. El de mayor aforo y de mejores actualizaciones técnicas era el Conde-Duque, sin duda denominado así en homenaje al válido de don Felipe el Cuarto, rey de las Españas y Portugal, ironías del destino que a pocos metros de su embocadura se irguiera la estatua homenaje del pueblo de Madrid a su mayor detractor desde el campo de la literatura, don Francisco de Quevedo y Villegas, como ejemplo algunos de los versos de la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al Conde-Duque de Olivares, que ansí la tituló y ansí le costó un destierro de la Villa y Corte:
         “No he de callar, por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, o ya la frente,
Silencio avises o amenaces miedo.
         ¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
         Hoy sin miedo que libre escandalice
Puede hablar el ingenio asegurado
De que mayor poder le atemorice…
         …Con asco entre las otras gentes nombro
Al que de su persona, sin decoro,
Más quiere nota dar que dar asombro…”
         En dicho cine se implantó, entre otras, una técnica nueva, que se denominaba Cinerama, que consistía en proyectar, simultáneamente desde tres proyectores sincronizados de 35 mm., imágenes sobre una pantalla curva de 146 grados, lo que producía que el espectador se sintiera envuelto por el escenario, una cierta sensación de tridimensionalidad, y un realismo de la imagen nunca vista antes. Así pudimos ver unos años antes “La Conquista del Oeste”, y aquella tarde sabatina, en un formato más depurado, El violinista en el tejado, una película musical estadounidense dirigida por Norman Jewison en el año 1971, que se estrenó en su versión teatral en Broadway en el año 1964 (Fiddler on the Roof), con Zero Mostel como protagonista. Estaba basada en una novela del escritor ruso Sholom Aleichem, titulada Las hijas de Tevye.  
      
           En la versión cinematográfica, el sonido del violín que toca el violinista, usado como metáfora de la vida inestable de las comunidades judías en la Rusia zarista, fue doblado por Isaac Stern. La película ganó tres premios Oscar. Y estaba protagonizada por Topol, un actor de una amplia humanidad en todos los sentidos, tanto físicos como anímicos.

         Como era una peli que seguro les gustaría ver a mis padres y, entre bailes y cines, tenía muy mermadas mis reservas de lo economizado en verano de las clases de natación, les propuse ir, a lo que accedieron después de no pocos esfuerzos, porque entre que la edad les volvía cada vez más sedentarios y la televisión, que les permitía echar una cabezada en la sobremesa tras el almuerzo, se les hacia como un mundo tener que subirse a un transporte público para llegar hasta el centro. Pero como ya sabemos que por dar gusto a un hijo se puede hacer hasta lo que no está escrito en los papeles acabé por convencerles. La película les encantó y volver a la calle de Fuencarral hizo que nos pasáramos una tarde de rememoraciones de anteriores visitas mientras saboreábamos un café en el Comercial de Bilbao.
         Como la versión para Clara era que el compromiso familiar era ineludible y no podría verla aquel sábado, aproveché la ocasión para citarme en el Café Concierto Beethoven con la pandilla de Pepu a última hora de la tarde.
         El salón, ya desaparecido, estaba ubicado por el barrio Salamanca, zona noble de la capital, ambientado con música clásica y con conciertos en directo de afamados interpretes del momento, como la pianista Alicia de Larrocha, experta en Mozart, que los debían de dar por amor al arte y gracias a la mucha labia que tenía su director artístico, Andrés Ruíz Tarazona, que por aquellas fechas llevaba también un programa dedicado a los clásicos en Radio Nacional de España, donde hacia entrevistas que aprovechaba para captar a los invitados a actuar en su local. Era amigo de Arturo Pardos, pintoresco personaje de largas barbas y cabellos, que dirigía la academia de dibujo donde hizo su preparación Pepu para el ingreso en la Escuela de Bellas Artes, y era además dibujante humorístico bastante afamado, y galardonado con algunos premios como la Paleta Agromán, empresa de construcción que había instituido este concurso anual que gozaba de bastante prestigio en los medios artísticos. 
         Según me contó Pepu, años atrás Andrés les había dado un ciclo de conferencias sobre música clásica ilustrada con audiciones, con el fin de hacer propaganda del local, que como insólito y pionero en este tipo de actividad no parecía gozar de una economía boyante, y la mayor parte de los días estaba casi vacío, llenándose sólo cuando había alguna actuación excepcional, que dado el tamaño reducido del escenario, ocupado casi todo por un gran piano de cola, consistía en un solista o un dúo. Allí trabé también amistad con un compañero de academia de Pepu, Toño Zapata, que estudiaba Arquitectura y parecía tener una cultura bastante amplia.

viernes, 4 de mayo de 2012

7. SOBRE COMO LA MÚSICA DE LOS ORGANILLOS PUEDE REPETIRSE UNA Y OTRA VEZ.



         Los cines comerciales seguían estando abastecidos por la “factoría de los sueños”, es decir Hollywood, con algunos ligeros contrapuntos procedentes de Francia o Italia.  Mientras sufríamos está avalancha de cine foráneo desde un lado y otro del Atlántico y del Mediterráneo, las aguas de nuestra producción propia discurrían por una calma chicha, en la que muy de cuando en cuando acaecía alguna turbulencia, así sucedió en 1965 con la realización de Juan Antonio Bardem titulada por aquí “Los Organillos”, y en su difusión internacional “Les Pianos Mecaniques”.

         El aparato, en sí, es una especie de pianola, que se puede tocar sin saber música. Un cilindro, en el que están grabadas las notas, y mediante la percusión de unos macillos al ser rozados por una caja sonora, que acciona un manubrio, produce la acústica y se escucha una melodía, y se desarrollan sensaciones que si te gusta el tema y tienes una buena pareja de baile son gratificantes. Aunque el instrumento no lo sepa es una alegoría del amor físico… notas sin corazón. O, como tal nos lo presenta la novela del mismo título. La intrascendente novela, obra de Henry-François Rey, la había leído algunos años antes, cuando los sucesos del Mayo francés le daban un plus de novedad a todo lo que provenía del país vecino. Y no deja de ser un elemento imprescindible en las verbenas madrileñas como lo pueda ser la sangría o el mantón de Manila.

         Cuando vengas a Madrid, chulapa mía,
Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés,
Y alfombrarte con claveles la Gran Vía,
Y a bañarte con vinillo de Jerez.
         En Chicote un agasajo postinero,
Con la crema de la intelectualidá,
Y la gracia de un piropo retrechero,
Más castizo que la calle de Alcalá…

         Compuso el schotis el mexicano Agustín Lara, y la ciudad le homenajeó con una estatua de bronce frente a La Corrala, desde donde hace un corte de mangas eterno al ilimitado universo.


      El cine Tetuán, el más próximo al 93, continuaba con su programación en sesión continua de películas, que iban viniendo rebotadas desde el estreno hasta el olvido, en la mayoría de los casos, aunque como adaptación a la realidad de que cada vez se iba menos al cine ahora funcionaba por sesiones. En la primera, hacia las cuatro de la tarde, proyectaban una peli tolerada para menores, con el ánimo de arrancar de la televisión de sobremesa a la chiquillería y, de paso, facilitar la buena digestión de los progenitores, con el paseo  a llevarlos hasta la sala… la segunda, como a las siete, era la que consideraban de mayor entidad, solía ser para adultos y su público mayoritario eran parejas… La tercera, que se iniciaba entre las nueve y las diez, según duración del filme, era repetición de una de las anteriores según el día de la semana de que se tratase, pues los sábados y vísperas de festivos presentaban una buena oportunidad para que se practicara una salida nocturna familiar.

       - No sé cómo será su adaptación cinematográfica, pero la novela me pareció interesante -le sugerí a Pedro cuando pasamos por delante de los cartelones que anunciaban la película.
         - Puede ser una alternativa a otra tarde de baile insulso. Hay que hablar todo el rato y se repiten los temas, Sole -por Soledad, así se llamaba la pareja de Pedro, compañera de empaquetamientos en el laboratorio de mi amiga Clara- a veces resulta muy cargante…
         La Linterna de los Sueños, escalera de caracol acristalada que conducía hasta la cabina de proyecciones, y remataba de una forma muy expresionista unas de las esquinas del edificio, era testigo mudo de nuestra conversación.
       - Y tú eres a menudo muy atorrante, porque siempre te gusta estar gastando bromas, nunca dejarás de ser un niño…

         La peli, supongo que la novela también, aunque olvidé sus detalles, trata del amor entre adultos, y también entre adolescentes, desde el punto de vista de un niño que es el único entre ese enjambre, que al parecer se ubica en lo que sería un trasvertido Cadaqués daliniano, por la Costa Brava de Cataluña, que parece darse cuenta de que los mayores se mueven por instintos no muy diferentes y deterministas de los de cualquier insecto social. Realizada con pretensiones de coproducción internacional contaba en su reparto con actores de un gran renombre, por sus propias cualidades artísticas o por colaterales, caso de James Mason (“Lolita”, de Kubrick… “Con la muerte en los talones”, de Hitchcock…), de Melina Merkuri (“Topkapi, de Jules Dassin… futura Ministra de Cultura de Grecia, tras la caída de la Dictadura de los Coroneles… Cuando éstos le retiraron su ciudadanía griega, y se tuvo que exiliar a Francia, ella respondió: “Yo nací griega y moriré griega, ustedes nacieron fascistas y morirán siendo fascistas”, con una rotundidad premonitoria), de Hardy Krüger (“Hatari!, de Henry Hathaway… “Un taxi para Tobruck”, de Denys de La Patellière…). Muy buena la fotografía en color y la puesta en escena, pero falta de ese plus de dramatismo que Juan Antonio le supo dar a sus blanquinegros de “La Muerte de un Ciclista” o “Calle Mayor”, porque el texto original no daba mucho de sí.



         Y si Pedro Francisco dejaba de tener interés por lo que veía en la pantalla no estaba dispuesto a pasar una tarde aburrida, así que se puso a hacerle cosquillas a Sole, ésta aguantó las ganas de reír un tanto, Clara y yo nos empezamos a poner nerviosos observando las maniobras que se estaban realizando a nuestro lado, que no pasaban desapercibidas para otros espectadores, que tampoco estaban muy seducidos por lo que visionaban en la pantalla… Hasta que nuestra amiga tuvo que estallar en una carcajada.
         - ¡Son ustedes unos desvergonzados! ¡Vaya una juventud! -les increpó un señor que se sentaba en la fila postrera- ¡Acomodador!
         Éste apareció al instante con su linterna alumbrando la cara de mi amigo, que se había levantado del asiento y vuelto hacia atrás para responder a los insultos, como un súcubo o como alguien que ya estaba al tanto de que en la sala se estaban produciendo procesos anómalos.
         - ¿Qué pasa?
       - Este caballero que se debe estar poniendo cachondo con los besuqueos de la Melina Mercuri y no quiere perder ripio -Pedro, siempre con su bromas, muchas veces fuera de lugar.
         - ¡Se podrán callar! -varias voces desde distintos puntos de la sala.
         - ¡Siéntate, Paco! - Sole, muy avergonzada.
         -¡Sáquelos de la sala! - el señor de la fila posterior, al acomodador, con autoridad.
         - ¡Vámonos! -Clara, tirándome de la manga.
         - ¡Si la gilipollez diera alas algunos no bajaban a la tierra ni a comer! -la voz, que me resultaba familiar, de un listillo anónimo desde el fondo de la sala.
         - ¡Tú habrás entrado en la sala en vuelo rasante! -le gritó Pedro, que no se cortaba un pelo.
         - ¡Haya calma! -decidió levantarse con los brazos en alto el embrión de futuro abogado mediador, es decir, el narrador.
         - ¡Qué paren la proyección hasta que se restablezca la calma porque nos vamos a perder media peli! -al fin una voz sensata, desde un punto indefinido.
         El acomodador levantó la luz de la linterna hacia el techo de la sala con un giro que hacia círculos en la oscuridad y, al tiempo que desaparecía la luz en la pantalla, se iluminó la gran araña central y los farolillos laterales… Bochornoso y divertido a la vez... el de la frase de las alas no era otro que nuestro vecino Pedro Luis… ¿para qué más?
         Ya en la calle, porque no parecía prudente continuar dentro del cine… por si el filme le seguía aburriendo a Pedro Francisco:
         - Si no te gusta una peli nos lo dices y ya vemos que hacer, pero no nos montes estos números, más bien por las chicas…
         - Tal vez es que ya me está aburriendo todo -y se despidió a la francesa, alejándose del grupo. Tras un momento de desconcierto Sole se fue detrás de él enviándonos un aéreo beso:
         - ¡Ya nos vemos! -se despidió.
         - ¡Estos dos están como chotas! -le comenté a Clara.
         - Están muy enamorados, pero no son todavía capaces de hacerse a esa idea, y nos estropearon la tarde -suspiró ella.
         - No parece ser ese nuestro caso, tú no acabas de olvidarte de tu novio…
         - Y tú no dejas de soñar en algo inaprensible…

jueves, 3 de mayo de 2012

6. DE CÓMO ORFEO, CUALQUIERA QUE SEA SU COLOR, SIEMPRE ACABARÁ POR TENER UN DESTINO TRÁGICO.



         Mis escarceos amorosos con Clara, que para ella tenían unas inciertas intenciones de noviazgo y para mí de conocimiento, en el más amplio sentido del término, no impedían que me siguiera citando con Mariana para continuar con nuestra costumbre de asistir a las proyecciones de la “Filmo” cuando se anunciaba alguna película que reclamaba nuestra mutua atención. 

         Facilitaba la bipolaridad de las relaciones el que los padres de Mariana tenían un chalecito en una urbanización por Torrelodones, población cercana a Madrid, y muchos fines de semana solía ir mi amiga allí acompañando a su familia. Y que Clara me imaginara entresemana estudiando como un auténtico Emmanuel Kant, de quien se cuenta, y tal cual se lo pasé a ella, que cuando estaba constipado dejaba el pañuelo en una habitación distinta a aquella en la que trabajaba con el fin de tener que abandonar la labor y la lectura cuando sentía deseos de estornudar. Todo para que llegara Sigmund Freud y le diera la vuelta al pensamiento racional como quien le da la vuelta a un calcetín.


         La sed de conocimiento parece ser que es la lacra que acompaña al ser humano desde los inciertos tiempos bíblicos, aquello de la manzana del Árbol del Bien y el Mal. “Bueno es saber que los vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed”, cantó mi muy querido don Antonio Machado, y advierto a quien siga la narración que se encontrara con un poema suyo completo en algún momento, venido a pelo, a contrapelo, o por los pelos.

         El caso es que Mariana a veces sucumbía a la tentación de la serpiente reconvertida en un estudiante de Derecho, que en ocasiones contaba con el auxilio de dioses provenientes del paganismo, como Apolo, el valedor de Orfeo.
     
     Peli realizada en 1950 por Jean Costeau en blanco y negro, y protagonizada por Jean Marais y María Casares. Jean Marais fue durante décadas un galán de moda en Francia que no le hacía ascos a ningún tipo de película en la que pudiera participar, desde cine experimental, como en este caso, hasta las más comerciales e intrascendentes, como las de la serie Fantomas, el fantasma de El Louvre…
         Por el contrario, María Casares siempre participo en trabajos de alta calidad. Una legendaria actriz española de teatro y cine que triunfó en el exilio en Francia, donde residía por ser hija de Santiago Casares Quiroga, que había sido Ministro y Jefe de Gobierno de la República bajo la presidencia de Manuel Azaña.
         En 1944 conoció a Albert Camus, con quien mantuvo una relación sentimental hasta la muerte de éste en 1960. Protagonizó varias obras escritas por Camus, como El malentendido, Estado de sitio y Los justos y representó obras de Sartre, Jean Anouilh, Jean Cocteau, Genet y Claudel, convirtiéndose en musa del existencialismo francés. En 1949, entra en la Comédie Française y cinco años más tarde en el Teatro Nacional Popular (TNP), compañía pública con una fuerte preocupación social. Participó en la creación y potenciamiento del Festival de Aviñón e interpretó a Lady Macbeth, María Tudor, Ana Petrova, etc., en obras de Shakespeare, Victor Hugo y Antón Chéjov, Ibsen, Eurípides, entre muchos otros.

         En el filme que visioné aquella tarde en compañía de Mariana, Jean Costeau, también poeta, dramaturgo y pintor, muestra todo su universo onírico. No en vano es el autor del ballet Parade, con música de Erik Satie y decorados de Picasso, estrenado en 1917. Estreno que terminó en batalla campal entre los partidarios del arte de vanguardia y sus detractores.
         Traspone la leyenda griega a la época de realización del film, es decir, con indumentarias y diseño de interiores propios de la Francia de posguerra, cabellos muy repeinados donde reluce la brillantina… lo que unido a la sobreactuación del mediocre Jean Marais la convierte por momentos en una pesadilla para los amantes del buen cine y el buen gusto. No obstante, como ni Mariana ni yo lo teníamos muy bien formado por aquellos días, salimos encantados del California, como dos singulares mortales que habían tenido una oportunidad única de bajar, más bien, para hablar con propiedad, pasar a los Infiernos, porque el autor propone la frontera en un espejo de armario de dormitorio, muy a lo Alicia, de Lewis Carroll, durante una hora, y habían salido tan indemnes que ahora podían pasear cogidos de la mano por las iluminadas calles platicando sobre sus propios proyectos de futuro. 

         Años atrás habíamos tenido la oportunidad de visionar el Orfeo Negro, obra del director francés Marcel Camus, rodado en los Carnavales de Río de Janeiro, que contribuyó a convertir en mundialmente famosa la música popular brasileña.
         Antonio Carlos Jobim y Luis Bonfá son los autores respectivos de los dos temas principales de la banda sonora, "A felicidade" y "Manhã de Carnaval", que llegarían a ser clásicos de bossa nova y jazz. Pero ni cambiar el color de la piel de sus protagonistas, Eurídice y Orfeo, haría variar su trágico destino.

miércoles, 2 de mayo de 2012

5. SOBRE COMO LAS ESTACIONES DEL ALMA SON INDEPENDIENTES DE LAS SOLARES Y CUALQUIER TARDE INVERNAL SE PUEDE TRANSFORMAR EN UN VERANO DEL 42



         Las salas de cine del barrio, me refiero a Tetuán de las Victorias, donde se ubica el 93, habían, en su mayoría, continuado su actividad, y hasta había surgido alguna nueva como el Cinema Versalles, bastante cercano al Murillo. La fórmula de la sala de baile aprovechando los sótanos de los cines había resultado muy exitosa y surgieron varias por aquellos años.

         Aunque nunca he sido muy aficionado a los bailes, salas llenas de humo y con un ruido de muchos decibelios que prácticamente hace imposible una conversación que no sea a gritos, cuando se tienen amigos que los frecuentan, como era el caso de Pedro Francisco, algunas vez acabas por acompañarles. Por lo general se comenzaba a ir en pandilla unisexual, pero al poco tiempo de frecuentar un mismo local se comenzaban a formar parejas de afinidad entre unos y otros grupos y se terminaban por formar una o varias pandillas mixtas.

         El Versalles, de pomposo nombre con ecos parisinos y barrocos, tenía en realidad una decoración bastante limpia y moderna, y disponía de una pista de baile espaciosa y de techos altos, y un buen sistema de extracción de humos, lo que le convertían en un local menos desagradable que otros similares. Es probable que abriera todos los días de la semana, al menos seguro que los jueves, pues era la tarde que tenían de libranza las muchachas empleadas domésticas, profesión que por aquellas fechas estaba todavía muy extendida, cuestión de los bajos salarios que percibían, la mayor parte de las veces sin derecho a seguridad social, y los sábados, como discoteca. En uno de los fondos había un estrado en el que los domingos tocaba una orquestina con una cantante solista, por lo general haciendo canciones de actualidad que se habían hecho populares a través de la radio o la televisión, pues la sala estaba dedicada mayormente a la juventud, aunque no era raro ver también a parejas o grupos de mediana edad, al fin y al cabo la jovialidad no está reñida con el calendario.

         Aunque siempre pajareando entre unas y otras, Pedro, por aquellas fechas, mantenía un medio noviazgo con una chica que trabajaba de empaquetadora en unos laboratorios situados por encima de la Plaza de Castilla, y una tarde de sábado en que le acompañé me presentaron a un grupo de muchachas compañeras de curro, entre las que había una, de nombre Clara, que compartía conmigo su falta de afición por la danza, por lo que mientras sus amigas y mi amigo se fueron perdiendo de forma gradual por la pista de baile nos quedamos solos en la mesa e hilamos conversación.
         - ¿Cómo es que vienes a un baile si no te gusta bailar? -fue la pregunta estúpida que se me ocurrió formularle para romper el hielo.
         - Me gusta escuchar la música y me entretengo viendo bailar a los otros me respondió Clara, que tenía una linda mirada del mismo color que la cola que estaba tomando-, pero te podría preguntar lo mismo a ti.
         - Lo mío es accidental porque tampoco es que me encante este tipo de música pachanguera.
         - Un oído exquisito tiene el galán.
         - Me gusta la música más tranquila, la clásica y…
         -Vaya muermo -no me dejó seguir, y, como le gustaba mucho hablar, durante la siguiente media hora me puso al corriente sobre sus opiniones musicales y sobre la ruptura que había tenido hacía pocas semanas con un novio con el que se encontraba bastante comprometida. Dado el ruido ambiental en el que nos encontrábamos inmersos para poder seguir el sentido de su monólogo, ya que mi contribución a la conversación se limitaba a intercalar monosílabos del tipo: ya, sí, oh…, mi cabeza se fue acercando a la suya hasta que nuestros ojos se quedaron enredados y comencé a sentir su aliento en mi boca, lo que resultaba bastante agradable.
         Cuando, ante una de sus diatribas contra el sexo masculino en general y al fementido traidor que la había abandonado en particular, tomé una de sus manos con la intención de reconfortarla, ella apretó con suavidad las mías y reposó la cabeza sobre mi hombro, mientras se callaba y entreabría los labios…
         Lo demás vino como rodado. Era costumbre en los salones de baile que durante la última media hora antes del cierre se pusieran luces indirectas, casi de penumbra, y música en plan baladas. Teniendo a Clara entre mis brazos mientras se frotaban nuestros cuerpos al ritmo de la “Michelle” de los Beatles nos dimos un largo beso…
         Cuando volvimos al velador después de un par de bailables más habían desaparecido tanto sus amigas como Pedro Francisco, así que me ofrecí para acompañarla a su casa, que no estaba muy lejos. Vivía con sus padres en una casa baja por la Ventilla, no muy lejos de la Plaza de Castilla, en una calle muy mal iluminada que nos dio permiso para tener unos lindos disfrutes amorosos apoyados en la tapia de una casa que parecía abandonada. La elipsis es una de las figuras literarias y cinematográficas más bellas que se han inventado, así que cada cual se imagine lo que sucedió en aquella desierta calleja una gélida noche de enero. 

         A la salida del baile habíamos visto anunciada mediante grandes carteles Verano del 42 en el cine colindante y nos citamos para verla el día siguiente.      
         La película fue dirigida por Robert Mulligan, y actuaban Gary Grimes, como el adolescente Hermie, y Jennifer O'Neill como Dorothy, la mujer casada de la cual se enamora Hermie. Mulligan también le presta su voz a Hermie en sus recuerdos en off como adulto.
         Película, y la novela que la da origen, corresponden a memorias escritas por Herman Raucher; las mismas relatan los eventos que vivió durante un verano que pasó en la Isla Nantucket en 1942 cuando tenía 14 años de edad. Originalmente, la película se pensó como un homenaje a su amigo Oscar, "Oscy" Seltzer, un médico del ejército que murió en la guerra de Corea. Seltzer murió de un disparo en una batalla en Corea mientras atendía a un hombre herido en combate; esto sucedió el día del cumpleaños de Raucher, y por ese motivo desde entonces Raucher no ha celebrado su cumpleaños. Mientras escribía el guion, Raucher se dio cuenta de que a pesar de que había crecido junto con Oscy y que habían sido compinches durante su adolescencia, ellos dos nunca habían tenido una conversación sobre temas trascendentes o llegado a conocerse en un plano más personal.
         Raucher decidió concentrase en la primera experiencia importante de su vida como adulto, o sea la primera vez que se enamoró. La mujer (llamada Dorothy, al igual que el personaje de la película) estaba de vacaciones en la isla, Raucher la había conocido un día en que le ayudó a acarrear las provisiones; Raucher desarrolló una amistad con ella y su esposo y le brindó su ayuda luego de que su esposo fuera alistado para pelear en la segunda guerra mundial. Raucher tuvo relaciones con ella una noche en que la había ido a visitar, y que coincide con el día en que ella es informada por el gobierno norteamericano que su esposo ha fallecido. A la mañana siguiente, Raucher descubre que ella se ha ido de la isla, dejándole una carta (la que se lee al final de la película, y se encuentra transcrita en el libro). Raucher nunca volvió a ver a Dorothy.
         Rodada en color y con un precioso tema musical, en su conjunto resulta de una melancolía profunda y, en ocasiones que aparté la vista de la pantalla para mirar a mi compañera de visionado, pude ver como los bellos ojos color regaliz de Clara estaban humedecidos. Una linda y sensible personilla que no me merecía.


martes, 1 de mayo de 2012

4 DE LO DIFÍCIL Y TERRIBLE QUE SE HACE LA CREATIVIDAD CUANDO LAS CONDICIONES SON ADVERSAS.



         Ricardo tenía su dormitorio en la misma planta del Colegio Mayor que el ocupado por Pepu y Dolfo. Estudiaba Telecomunicaciones y era un “manitas”, hasta el punto de que pieza a pieza se había construido una pequeña emisora, con la que desplazándose por las diferentes frecuencias se podía desde escuchar la BBC de Londres a entrar en el espacio en que operaban los patrulleros de la policía, lo que nos venía de perlas cuando había algún conflicto en la Complutense, pues estábamos informados en tiempo real de todos sus movimientos. 

         Y conflictos los había casi de continuo, unas veces por causas razonables, como podía ser la subida desmedida de tasas universitarias, y otras alentados por las ramas juveniles de los partidos políticos, que, como seguían prohibidos, operaban desde la clandestinidad. La forma típica de plantear una huelga era la asamblea de alumnos en el vestíbulo de las diferentes Escuelas y Facultades, pues los edificios de las diferentes Escuelas del Politécnico estaban entremezclados con las Facultades de la Complutense. 
  

         Después de haber tenido una experiencia bastante desfavorable cuando era delegado de curso en el Instituto, en el 68, más por desinformación que por voluntad rebelde, y de la que nos sacó, a los otros delegados y a mí, el Jefe de Estudios, don Pablo Maruri Maza, de quien ya hablaré más tarde, poniendo en peligro su propia seguridad civil y académica, procuraba mantenerme al margen de este tipo de líos, y mi participación en las asambleas se limitaba a alzar la mano cuando llegaba el turno de las votaciones, y por lo general solía ser en contra de la huelga, primero porque no estaba la situación como para andar perdiendo el tiempo y lo segundo porque tarde poco en darme cuenta de que este tipo de consultas son muy manipulables. Uno de los oradores toma la palabra exponiendo las razones que hacen necesaria la huelga, y, tras de dos o tres intervenciones de los que piden algún tipo de aclaraciones, toma la palabra un compinche del primero que argumenta con firmeza en contra de las tesis de éste, de forma que se van formando dos bandos de tendencia opuesta con los que están a favor de uno u otro… así, después de distintos botes y rebotes, cuando el opositor termina por dar su brazo a torcer arrastra tras de sí a los que están con él y… obtenida mayoría. Puesto a gastar el tiempo en algo distinto al estudio prefería mirar una pantalla.

         Los cines de Arte y Ensayo se dedicaban a traer a la penumbra de las salas junto con obras experimentales algunas de las obras maestras de la cinematografía, como es el caso de “Iván el Terrible”.
         Esta es una película en dos partes sobre Iván IV de Rusia dirigida por Sergéi Eisenstein. La primera parte se estrenó en 1944 pero la segunda parte no se pudo estrenar hasta 1958 debido a la censura política. En principio debía ser una trilogía, pero Eisenstein murió antes de terminar el rodaje de la última parte.
      Durante la Segunda Guerra Mundial, con el ejército alemán aproximándose a Moscú, Eisenstein fue uno de los muchos cineastas de Moscú que fueron evacuados a Almaty, en la antigua República Socialista Soviética de Kazajistán. Allí fue donde Eisenstein tuvo la idea de hacer una película sobre el Zar Iván IV, el Terrible, al que Stalin admiraba, pues le consideraba la misma clase de líder brillante, decisivo y exitoso que Stalin aspiraba a ser.
         La primera parte se rodó entre 1942 y 1944, y se estrenó a finales de ese año. La película presentaba a Iván como un héroe nacional, y se ganó la aprobación de Stalin (e incluso un Premio Stalin).
         La segunda parte se rodó en Mosfilm en 1946, ya acabada la guerra. Sin embargo, no fue aprobada por el gobierno porque mostraba a Iván menos como un héroe y más como un tirano paranoico, una analogía que a Stalin no le gustó. Censuró la película y no se pudo estrenar hasta 1958, cinco años tras su muerte. La tal película se comercializó como “La Conjura de los Boyardos”, y en su tramo final tiene algunas escenas rodadas en color, según un método innovador independiente de las experiencias que se estaban realizando a la vez por occidente y que, dadas las vicisitudes con que se enfrentó el film, no llegó a desarrollarse.
         La tercera parte, que se empezó a rodar en 1946, no se completó. Todo el metraje fue confiscado y la mayor parte destruido.


      Por regla general los cines donde se proyectaban películas de Arte y Ensayo sólo cubrían gastos, pues el público asistente era bastante minoritario por diversos motivos, que, sin pretender ser exhaustivo, paso a enumerar: a) las pelis se proyectaban en versión original con subtítulos, y la mayoría por aquí nos limitábamos a hablar y escribir con una cierta corrección el castellano; b) Como no había mucha comunicación con el exterior resultaba difícil saber por el título de un filme y el nombre de su director si nos encontraríamos con una maravilla o un bodrio; c) Los que frecuentábamos dichas salas éramos tratados de “intelectuales”, y el cultivo de la mente en un Régimen que en su momento fue afín con el nacionalsocialismo de Hitler y su ministro de propaganda Goebels…
         Así es de suponer que aquellos que se dedicaron a financiar este tipo de sala además de ser muy cinéfilos tenían un espíritu muy romántico, aunque en ocasiones lograran algún que otro bingo, como en el caso del cine Cid Campeador y la proyección de “La Naranja Mecánica”, de la que ya hablaremos más tarde.

         Una modalidad que se inventaron los propietarios de este tipo de salas con el fin de evitar la bancarrota fue la de dar sesiones los domingos por la mañana a precio reducido, y encontrar así un público añadido que no se encontraba en disposición de hacer muchos dispendios económicos… los estudiantes.
         En el cine Bellas Artes, que forma parte del edificio del Círculo de Bellas Artes, obra en estilo “decó”, proyectado por el arquitecto Palacios, y que está ubicado en la calle de Alcalá, tres estudiantes, Ricardo, Pepu y yo, asistimos a la proyección de la película en una de esas “matiné”, y disfrutamos de todo ese lenguaje de luces y sombras con el que de un modo muy expresivo Einsestein en un prodigioso blanco y negro logra transmitir sensaciones y emociones sin recurrir a la palabra.
         La banda sonora la compuso Sergéi Prokófiev, un gran compositor que también realizó algún ballet, como “Romeo y Julieta”, sobre la célebre obra teatral de Chéspir, y alguna que otra preciosa sinfonía.

         Volviendo a la Universidad, entre huelgas y revueltas, acabé por perderle la pista a la pecosilla Marcela, tal vez dejó las aulas o frecuentaba otros ambientes diferentes al mío, el caso es que no la volví a ver, y los poemas dedicados a ella se quedaron dormidos para siempre en un cuadernillo, sin que la chica llegara nunca a saber que, con la complicidad de las Musas, se habían elaborado mediocres cantos dedicados a su persona.