Los cines comerciales seguían estando
abastecidos por la “factoría de los sueños”, es decir Hollywood, con algunos
ligeros contrapuntos procedentes de Francia o Italia. Mientras sufríamos está avalancha de cine foráneo
desde un lado y otro del Atlántico y del Mediterráneo, las aguas de nuestra
producción propia discurrían por una calma chicha, en la que muy de cuando en
cuando acaecía alguna turbulencia, así sucedió en 1965 con la realización de
Juan Antonio Bardem titulada por aquí “Los Organillos”, y en su difusión
internacional “Les Pianos Mecaniques”.
El aparato, en sí, es una especie de
pianola, que se puede tocar sin saber música. Un cilindro, en el que están grabadas
las notas, y mediante la percusión de unos macillos al ser rozados por una caja sonora, que
acciona un manubrio, produce la acústica y se escucha una melodía, y se
desarrollan sensaciones que si te gusta el tema y tienes una buena pareja de
baile son gratificantes. Aunque el instrumento no lo sepa es una alegoría del
amor físico… notas sin corazón. O, como tal nos lo presenta la novela del mismo
título. La intrascendente novela, obra de Henry-François Rey, la había leído
algunos años antes, cuando los sucesos del Mayo francés le daban un plus de
novedad a todo lo que provenía del país vecino. Y no deja de ser un elemento
imprescindible en las verbenas madrileñas como lo pueda ser la sangría o el mantón
de Manila.
Cuando vengas a Madrid, chulapa mía,
Voy a
hacerte emperatriz de Lavapiés,
Y
alfombrarte con claveles la Gran Vía,
Y a bañarte
con vinillo de Jerez.
En Chicote un agasajo postinero,
Con la crema
de la intelectualidá,
Y la gracia
de un piropo retrechero,
Más castizo
que la calle de Alcalá…
Compuso el schotis el mexicano Agustín
Lara, y la ciudad le homenajeó con una estatua de bronce frente a La Corrala,
desde donde hace un corte de mangas eterno al ilimitado universo.
El cine Tetuán, el más próximo al 93,
continuaba con su programación en sesión continua de películas, que iban viniendo rebotadas
desde el estreno hasta el olvido, en la mayoría de los casos, aunque como
adaptación a la realidad de que cada vez se iba menos al cine ahora funcionaba
por sesiones. En la primera, hacia las cuatro de la tarde, proyectaban una peli
tolerada para menores, con el ánimo de arrancar de la televisión de sobremesa a
la chiquillería y, de paso, facilitar la buena digestión de los progenitores, con el paseo a llevarlos hasta la sala… la segunda, como a las siete, era la que consideraban de mayor
entidad, solía ser para adultos y su público mayoritario eran parejas… La
tercera, que se iniciaba entre las nueve y las diez, según duración del filme, era
repetición de una de las anteriores según el día de la semana de que se
tratase, pues los sábados y vísperas de festivos presentaban una buena
oportunidad para que se practicara una salida nocturna familiar.
- No sé cómo será su adaptación
cinematográfica, pero la novela me pareció interesante -le sugerí a Pedro
cuando pasamos por delante de los cartelones que anunciaban la película.
- Puede ser una alternativa a otra
tarde de baile insulso. Hay que hablar todo el rato y se repiten los temas,
Sole -por Soledad, así se llamaba la pareja de Pedro, compañera de
empaquetamientos en el laboratorio de mi amiga Clara- a veces resulta muy
cargante…
La Linterna de los Sueños, escalera de
caracol acristalada que conducía hasta la cabina de proyecciones, y remataba de
una forma muy expresionista unas de las esquinas del edificio, era testigo mudo
de nuestra conversación.
- Y tú eres a menudo muy atorrante,
porque siempre te gusta estar gastando bromas, nunca dejarás de ser un niño…
La peli, supongo que la novela también,
aunque olvidé sus detalles, trata del amor entre adultos, y también entre
adolescentes, desde el punto de vista de un niño que es el único entre ese
enjambre, que al parecer se ubica en lo que sería un trasvertido Cadaqués
daliniano, por la Costa Brava de Cataluña, que parece darse cuenta de que los
mayores se mueven por instintos no muy diferentes y deterministas de los de
cualquier insecto social. Realizada con pretensiones de coproducción
internacional contaba en su reparto con actores de un gran renombre, por sus
propias cualidades artísticas o por colaterales, caso de James Mason (“Lolita”,
de Kubrick… “Con la muerte en los talones”, de Hitchcock…), de Melina Merkuri
(“Topkapi, de Jules Dassin… futura Ministra de Cultura de Grecia, tras la caída
de la Dictadura de los Coroneles… Cuando éstos le retiraron su ciudadanía
griega, y se tuvo que exiliar a Francia, ella respondió: “Yo nací griega y
moriré griega, ustedes nacieron fascistas y morirán siendo fascistas”, con una
rotundidad premonitoria), de Hardy Krüger (“Hatari!, de Henry Hathaway… “Un
taxi para Tobruck”, de Denys de La Patellière…). Muy
buena la fotografía en color y la puesta en escena, pero falta de ese plus de
dramatismo que Juan Antonio le supo dar a sus blanquinegros de “La Muerte de un
Ciclista” o “Calle Mayor”, porque el texto original no daba mucho de sí.
Y si Pedro Francisco dejaba de tener
interés por lo que veía en la pantalla no estaba dispuesto a pasar una tarde
aburrida, así que se puso a hacerle cosquillas a Sole, ésta aguantó las ganas
de reír un tanto, Clara y yo nos empezamos a poner nerviosos observando las
maniobras que se estaban realizando a nuestro lado, que no pasaban
desapercibidas para otros espectadores, que tampoco estaban muy seducidos por
lo que visionaban en la pantalla… Hasta que nuestra amiga tuvo que estallar en
una carcajada.
- ¡Son ustedes unos desvergonzados!
¡Vaya una juventud! -les increpó un señor que se sentaba en la fila postrera- ¡Acomodador!
Éste apareció al instante con su
linterna alumbrando la cara de mi amigo, que se había levantado del asiento y
vuelto hacia atrás para responder a los insultos, como un súcubo o como alguien
que ya estaba al tanto de que en la sala se estaban produciendo procesos
anómalos.
- ¿Qué pasa?
- Este caballero que se debe estar
poniendo cachondo con los besuqueos de la Melina Mercuri y no quiere perder
ripio -Pedro, siempre con su bromas, muchas veces fuera de lugar.
- ¡Se podrán callar! -varias voces
desde distintos puntos de la sala.
- ¡Siéntate, Paco! - Sole, muy
avergonzada.
-¡Sáquelos de la sala! - el señor de la
fila posterior, al acomodador, con autoridad.
- ¡Vámonos! -Clara, tirándome de la
manga.
- ¡Si la gilipollez diera alas algunos
no bajaban a la tierra ni a comer! -la voz, que me resultaba familiar, de un
listillo anónimo desde el fondo de la sala.
- ¡Tú habrás entrado en la sala en
vuelo rasante! -le gritó Pedro, que no se cortaba un pelo.
- ¡Haya calma! -decidió levantarse con
los brazos en alto el embrión de futuro abogado mediador, es decir, el
narrador.
- ¡Qué paren la proyección hasta que se
restablezca la calma porque nos vamos a perder media peli! -al fin una voz
sensata, desde un punto indefinido.
El acomodador levantó la luz de la
linterna hacia el techo de la sala con un giro que hacia círculos en la
oscuridad y, al tiempo que desaparecía la luz en la pantalla, se iluminó la
gran araña central y los farolillos laterales… Bochornoso y divertido a la vez...
el de la frase de las alas no era otro que nuestro vecino Pedro Luis… ¿para qué
más?
Ya en la calle, porque no parecía
prudente continuar dentro del cine… por si el filme le seguía aburriendo a
Pedro Francisco:
- Si no te gusta una peli nos lo dices
y ya vemos que hacer, pero no nos montes estos números, más bien por las
chicas…
- Tal vez es que ya me está aburriendo
todo -y se despidió a la francesa, alejándose del grupo. Tras un momento de
desconcierto Sole se fue detrás de él enviándonos un aéreo beso:
- ¡Ya nos vemos! -se despidió.
- ¡Estos dos están como chotas! -le
comenté a Clara.
- Están muy enamorados, pero no son
todavía capaces de hacerse a esa idea, y nos estropearon la tarde -suspiró
ella.
- No parece ser ese nuestro caso, tú no
acabas de olvidarte de tu novio…
- Y tú no dejas de soñar en algo
inaprensible…

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