lunes, 21 de mayo de 2012

16. DE CÓMO UNA ANA SIEMPRE TIENE QUE CUIDARSE DE LOS LOBOS.


         El mes de mayo acababa, y con él mis esperanzas de que no me quedara alguna asignatura colgada, y de que Mariana no desapareciera para siempre de mi vida… así que entre texto legislativo y trabajo de trimestre pospuesto dediqué media tarde, que mejor la hubiera empleado en estudiar, en escribir el siguiente poema:
          Feilla, te quiero,
Y en el desierto de mi silencio
Adoro los áureos jinetes
Que sobre azabaches corceles
Me llevan hasta tu sueño,
Albo lecho de pureza,
Donde me penetran las cálidas aguas
De tu incipiente femineidad.
         Guapita, te quiero,
Y me encanta verte morder la manzana
Que en mi mano te ofrezco,
Y luego correr alegre lejos de mí,
Entre las libres brisas,
Embelleciendo las flores que se abren
Ante tu ausente pasar,
Mientras dejas a los ligeros trigos verdes
Acariciar tus menudos piececillos,
Envuelta en el aroma de tu fresca juventud.
         Pequeño rincón cotidiano,
Melodía que ni me gusta
Ni me deja de gustar.
         Tierna cual pan recién hecho,
Aunque sabes estar firme
Con furia de azor en celo.
         Dorada cabecita con aires de eternidad,
Te quiero.
         Ojillos de esperanza,
Os quiero…
         Y aunque me reproches:
“mira que eres pesadito”,
         Labios de almíbar,
No puedo por menos que repetir:
“Te quiero”,
Y sentir dicha al decirlo,
Aunque no pueda explicar por qué
Presentía tu presencia
         En el más puro acorde que sonó en mi guitarra,
         En la noche estrellada que me inundó con su calma,
         En aquel pensamiento que nunca creí poder concebir,
         En la ola ululante que me dejó extasiado sobre las rocas,
         En aquel cuadro sombrío que me dijo tantas cosas,
         En esa estrella errante que es mi libertad.
Mejillas de terciopelo
Déjame ser pesadito
Y decirte en un suspiro:
“Sonrisa dulce, te quiero”.

         Locas cuestiones, muy propias  de los enamorados, o de los que se consideran como tal, cualquier amor nunca dejará de ser una fantasía, incluido el celeste.

         La banda de Pepu, es decir, los embriones de artistas, no podían dejar pasar por alto una peli que estaba dando bastante que hablar, por lo progre, y, como además la proyectaban en un cine de mi barrio, no me pude negar a acompañarlos, desatendiendo, una vez más, mis pendientes, con la esperanza de que Mariana les acompañara  y poderla entregar mis versos.

         El cinema Lido continuaba siendo una de las salas más selectas del barrio. Se la consideraba sala de reestreno y en ella proyectaron Ana y los Lobos, película del director Carlos Saura que fue motivo de bastante polémica en aquellos momentos, y en la que emplea un lenguaje bastante subliminar para hacer una crítica socio-política a la situación que se vivía con objeto de burlar la férrea censura que todavía se encontraba muy operativa.
         Ana (interpretada por Geraldine Chaplin, que a la sazón era la esposa del director y la ponía de prota en todas sus películas), una joven inglesa, es contratada como institutriz de unas niñas que viven en una mansión apartada con sus padres, tíos y abuela. Ana acaba teniendo problemas con los miembros adultos de la familia, que se sienten atraídos por ella. Estado (padre de familia), Ejército (tío militar) y Clero (tío anacoreta) van tejiendo una red de araña alrededor de la inocente muchacha con la complicidad más o menos consciente del resto de los familiares: abuela, madre, nietos, criados… Lo que tiene llevar un autosacramental, propio de Calderón de la Barca, al último tercio del siglo XX, que acaba por no entenderlo ni dios… Aunque los llamados Guerrilleros de Cristo Rey intentaran quemar la sala en que se estrenó…

         Como era de esperar tanta ponzoñosa araña, teórica o práctica, se come a la mosquita y, como no acudió la luciérnaga a la cita, mi poema se quedo durmiendo el sueño de los justos en mi bolsillo. ¿Somos tan diferentes de los insectos?

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