En esto estábamos llegando al ecuador
del año. El mes de junio siempre me resultaba muy complicado y problemático,
pues se me juntaban los exámenes finales de los trimestres que había ido
dejando colgar durante el curso con el inicio de los cursillos municipales de
natación, para niños en edad escolar, de los seis a los catorce años. Éstos en
principio no me ocupaban mucho tiempo pues el horario en sí era de ocho a diez
de la mañana, antes de que se abrieran las instalaciones al público en general,
pero si te surgía la oportunidad de dar clase particular a algún adulto después
ya se te iba ocupando la mañana.
Hasta finales de los sesenta la única
piscina con dimensiones olímpicas, es decir una longitud de vaso de cincuenta
metros, había sido la de Casa de Campo, dentro del parque del mismo nombre
situado al oeste de la ciudad, pero de repente le dio una fiebre
deportivo-higienista al alcalde de turno y cada año se inauguraba una nueva,
que solía ir a desbravar mi ex-entrenador con objeto de formar nuevo personal
docente con los alumnos más aventajados de cada barrio. El peregrinaje lo
comenzamos por el Polideportivo de La Concepción y así, saltando de barrio en
barrio cuando le llegó el turno al de Francos Rodríguez, que era el que se
encontraba más cercano al 93, me quedé varias temporadas en él. Y en él conocí
a Alonso Campodeamores, del que más tarde hablaremos.
La introducción de un deporte acuático
en la árida Castilla es obra y milagro de Enrique Granados, hijo del gran
músico, que, como su padre murió por no saber nadar al ser torpedeado el transatlántico
de civiles Sunsex por animales germanos que tripulaban un submarino durante la
llamada Gran Guerra, decidió consagrar su vida a la enseñanza de la natación. A
él no tuve la fortuna de conocerlo, pero a su viuda, doña María Ahumacellas, también consagrada al ballet acuático -las
medallas olímpicas no llueven del cielo- tuve el placer de tenerla como
profesora y como amiga.
- ¡Eres un genio, Ramón! -acompañado
del consabido besuqueo de una madre que tuvo más de mil hijos prestados.
La alabanza venía de que se me había
ocurrido realizar un ballet acuático con música de Luis de Pablo, con su
composición Polar, lo que sonaba como a muy actual por aquellas fechas, en la
que había obtenido un gran éxito “2001, Una Odisea del Espacio”, de Stanley
Kubrick, y le había gustado mucho al público asistente.
Y es que, además de la natación en sí,
se aprovechaba para dar a las niñas y niños cursos de iniciación a la Gimnasia Rítmica,
al Salvamento y Socorrismo, a los Saltos de Trampolín, al Ballet Acuático… y a
cualquier disciplina que se nos ocurría relacionada con la naturaleza y la
sensibilidad artística. Y se llegaba a provocar una cierta hermandad entre el profesorado
que se prolongaba en los fines de semana con algún guateque o, como no, la
asistencia en grupo al cine. Pues con la llegada del verano mis amigos de los
Colegios Mayores se volvían a sus respectivos domicilios paternos y cambiaba el
decorado de mis amistades.
Con mis compañeros piscineros fui una tarde
dominical al Cine-Teatro Albéniz, donde proyectaban Oliver,
una película británica de 1968
dirigida por Carol
Reed, basada en el musical del mismo nombre de Lionel Bart,
el cual a su vez se basa en la novela de Charles
Dickens Oliver
Twist. Fue la última película musical
ganadora del Oscar a la mejor película, hasta el triunfo de Chicago,
34 años después. Como todo el mundo conoce esta obra representativa de la
novela realista trasplantada a las Islas Británicas, no me voy a detener en su
argumento. Al niño Mark Lester le dieron un Oscar por su interpretación del
protagonista, Ron Moody hacía un Fagín, el jefe de la banda de pilluelos, tal
malvado como divertido, el malo-malo, Bill Sikel, era puesto en escena por
Oliver Reed, que estaba en todas las pelis anglosajonas de la época, y Shani
Wallis era una convincente Nancy, de gran corazón, que sólo estaba en la parte
oscura de la ley por las circunstancias sociales del momento, y porque así lo
había decidido Dickens para dar su dosis de moralina a la obra.

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