Mis escarceos amorosos con Clara, que
para ella tenían unas inciertas intenciones de noviazgo y para mí de
conocimiento, en el más amplio sentido del término, no impedían que me siguiera
citando con Mariana para continuar con nuestra costumbre de asistir a las
proyecciones de la “Filmo” cuando se anunciaba alguna película que reclamaba
nuestra mutua atención.
Facilitaba la bipolaridad de las
relaciones el que los padres de Mariana tenían un chalecito en una urbanización
por Torrelodones, población cercana a Madrid, y muchos fines de semana solía ir
mi amiga allí acompañando a su familia. Y que Clara me imaginara entresemana estudiando
como un auténtico Emmanuel Kant, de quien se cuenta, y tal cual se lo pasé a
ella, que cuando estaba constipado dejaba el pañuelo en una habitación distinta
a aquella en la que trabajaba con el fin de tener que abandonar la labor y la
lectura cuando sentía deseos de estornudar. Todo para que llegara Sigmund Freud
y le diera la vuelta al pensamiento racional como quien le da la vuelta a un
calcetín.
La sed de conocimiento parece ser que
es la lacra que acompaña al ser humano desde los inciertos tiempos bíblicos,
aquello de la manzana del Árbol del Bien y el Mal. “Bueno es saber que los
vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed”, cantó
mi muy querido don Antonio Machado, y advierto a quien siga la narración que se
encontrara con un poema suyo completo en algún momento, venido a pelo, a contrapelo,
o por los pelos.
El caso es que Mariana a veces sucumbía
a la tentación de la serpiente reconvertida en un estudiante de Derecho, que en
ocasiones contaba con el auxilio de dioses provenientes del paganismo, como
Apolo, el valedor de Orfeo.
Peli realizada en 1950 por Jean Costeau
en blanco y negro, y protagonizada por Jean Marais y María Casares. Jean Marais
fue durante décadas un galán de moda en Francia que no le hacía ascos a ningún
tipo de película en la que pudiera participar, desde cine experimental, como en
este caso, hasta las más comerciales e intrascendentes, como las de la serie
Fantomas, el fantasma de El Louvre…
Por el contrario, María Casares siempre
participo en trabajos de alta calidad. Una
legendaria actriz española
de teatro y cine que triunfó en el exilio
en Francia,
donde residía por ser hija de Santiago Casares Quiroga,
que había sido Ministro y Jefe de Gobierno
de la República
bajo la presidencia de Manuel
Azaña.
En 1944 conoció a Albert Camus, con
quien mantuvo una relación sentimental hasta la muerte de éste en 1960.
Protagonizó varias obras escritas por Camus, como El malentendido, Estado
de sitio y Los justos y representó obras de Sartre, Jean Anouilh, Jean Cocteau, Genet y Claudel, convirtiéndose en musa
del existencialismo
francés. En 1949,
entra en la Comédie Française
y cinco años más tarde en el Teatro Nacional Popular (TNP), compañía pública
con una fuerte preocupación social. Participó en la creación y potenciamiento
del Festival de Aviñón e
interpretó a Lady Macbeth, María Tudor, Ana Petrova, etc., en obras de Shakespeare, Victor Hugo y Antón Chéjov, Ibsen,
Eurípides, entre
muchos otros.
En el filme que visioné aquella tarde
en compañía de Mariana, Jean Costeau, también poeta, dramaturgo y pintor,
muestra todo su universo onírico. No en vano es el autor del ballet Parade, con
música de Erik Satie y decorados de Picasso, estrenado en 1917. Estreno que terminó
en batalla campal entre los partidarios del arte de vanguardia y sus
detractores.
Traspone la leyenda griega a la época
de realización del film, es decir, con indumentarias y diseño de interiores
propios de la Francia de posguerra, cabellos muy repeinados donde reluce la
brillantina… lo que unido a la sobreactuación del mediocre Jean Marais la
convierte por momentos en una pesadilla para los amantes del buen cine y el
buen gusto. No obstante, como ni Mariana ni yo lo teníamos muy bien formado por
aquellos días, salimos encantados del California, como dos singulares mortales
que habían tenido una oportunidad única de bajar, más bien, para hablar con
propiedad, pasar a los Infiernos, porque el autor propone la frontera en un
espejo de armario de dormitorio, muy a lo Alicia, de Lewis Carroll, durante una
hora, y habían salido tan indemnes que ahora podían pasear cogidos de la mano
por las iluminadas calles platicando sobre sus propios proyectos de futuro.
Años atrás habíamos tenido la
oportunidad de visionar el Orfeo Negro, obra del director
francés Marcel Camus, rodado en los Carnavales de Río de Janeiro, que contribuyó
a convertir en mundialmente famosa la música popular brasileña.
Antonio Carlos Jobim y Luis Bonfá son los autores respectivos de
los dos temas principales de la banda sonora,
"A felicidade" y "Manhã de Carnaval", que llegarían a ser
clásicos de bossa nova
y jazz.
Pero ni cambiar el color de la piel de sus protagonistas, Eurídice y Orfeo,
haría variar su trágico destino.

Pido disculpas por la mala traducción que se hace en el vídeo de los subtítulos en francés... Por ejemplo, ormallo es una bella palabra que define la lluvía menuda y que los portugueses, y por ende los brasileiros, recogieron directamente del castellano antiguo, y no tiene mucho que ver con los pétalos de rosa. Julio Llamazares le tiene dedicada una novela La Lluvia Amarilla, sobre el olvido, y en Lima recibe un nombre específico que es casi una copotragonista de las Conversaciones en la Catedral de Mario Vargas Llosa... La felicidad es pues, para el autor de la canción, como una lluvía menuda, que nos cala hasta los huesos, pero que apenas percibimos en el exterior...
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