Ricardo tenía su dormitorio en la misma
planta del Colegio Mayor que el ocupado por Pepu y Dolfo. Estudiaba Telecomunicaciones
y era un “manitas”, hasta el punto de que pieza a pieza se había construido una
pequeña emisora, con la que desplazándose por las diferentes frecuencias se
podía desde escuchar la BBC de Londres a entrar en el espacio en que operaban
los patrulleros de la policía, lo que nos venía de perlas cuando había algún
conflicto en la Complutense, pues estábamos informados en tiempo real de todos
sus movimientos.
Y conflictos los había casi de
continuo, unas veces por causas razonables, como podía ser la subida desmedida
de tasas universitarias, y otras alentados por las ramas juveniles de los
partidos políticos, que, como seguían prohibidos, operaban desde la
clandestinidad. La forma típica de plantear una huelga era la asamblea de
alumnos en el vestíbulo de las diferentes Escuelas y Facultades, pues los
edificios de las diferentes Escuelas del Politécnico estaban entremezclados con
las Facultades de la Complutense.
Después de haber tenido una experiencia
bastante desfavorable cuando era delegado de curso en el Instituto, en el 68,
más por desinformación que por voluntad rebelde, y de la que nos sacó, a los
otros delegados y a mí, el Jefe de Estudios, don Pablo Maruri Maza, de quien ya
hablaré más tarde, poniendo en peligro su propia seguridad civil y académica, procuraba
mantenerme al margen de este tipo de líos, y mi participación en las asambleas
se limitaba a alzar la mano cuando llegaba el turno de las votaciones, y por lo
general solía ser en contra de la huelga, primero porque no estaba la situación
como para andar perdiendo el tiempo y lo segundo porque tarde poco en darme
cuenta de que este tipo de consultas son muy manipulables. Uno de los oradores
toma la palabra exponiendo las razones que hacen necesaria la huelga, y, tras
de dos o tres intervenciones de los que piden algún tipo de aclaraciones, toma
la palabra un compinche del primero que argumenta con firmeza en contra de las
tesis de éste, de forma que se van formando dos bandos de tendencia opuesta con
los que están a favor de uno u otro… así, después de distintos botes y rebotes,
cuando el opositor termina por dar su brazo a torcer arrastra tras de sí a los
que están con él y… obtenida mayoría. Puesto a gastar el tiempo en algo
distinto al estudio prefería mirar una pantalla.
Los cines de Arte y Ensayo se dedicaban
a traer a la penumbra de las salas junto con obras experimentales algunas de
las obras maestras de la cinematografía, como es el caso de “Iván el Terrible”.
Esta es una película en dos partes
sobre Iván IV
de Rusia dirigida por Sergéi
Eisenstein. La primera
parte se estrenó en 1944 pero la segunda parte no se pudo estrenar
hasta 1958 debido a la censura política. En principio debía ser una
trilogía, pero Eisenstein murió antes de terminar el rodaje de la última parte.
Durante la Segunda
Guerra Mundial, con el
ejército alemán aproximándose a Moscú, Eisenstein fue uno de los muchos cineastas de Moscú que
fueron evacuados a Almaty, en la antigua República Socialista Soviética de Kazajistán. Allí fue donde Eisenstein tuvo la idea de
hacer una película sobre el Zar Iván IV, el Terrible, al que Stalin
admiraba, pues le consideraba la misma clase de líder brillante, decisivo y
exitoso que Stalin aspiraba a ser.
La primera parte se rodó entre 1942 y 1944, y
se estrenó a finales de ese año. La película presentaba a Iván como un héroe
nacional, y se ganó la aprobación de Stalin (e incluso un Premio Stalin).
La segunda parte se rodó en Mosfilm en 1946, ya acabada la guerra. Sin embargo, no fue aprobada
por el gobierno porque mostraba a Iván menos como un héroe y más como un tirano
paranoico, una analogía que a Stalin no le gustó. Censuró la película y no se
pudo estrenar hasta 1958, cinco años tras su muerte. La tal
película se comercializó como “La Conjura de los Boyardos”, y en su tramo final
tiene algunas escenas rodadas en color, según un método innovador independiente
de las experiencias que se estaban realizando a la vez por occidente y que,
dadas las vicisitudes con que se enfrentó el film, no llegó a desarrollarse.
La tercera parte, que se empezó a rodar
en 1946, no se completó. Todo el metraje fue confiscado y la mayor
parte destruido.
Por regla general los cines donde se proyectaban
películas de Arte y Ensayo sólo cubrían gastos, pues el público asistente era
bastante minoritario por diversos motivos, que, sin pretender ser exhaustivo,
paso a enumerar: a) las pelis se proyectaban en versión original con
subtítulos, y la mayoría por aquí nos limitábamos a hablar y escribir con una
cierta corrección el castellano; b) Como no había mucha comunicación con el
exterior resultaba difícil saber por el título de un filme y el nombre de su
director si nos encontraríamos con una maravilla o un bodrio; c) Los que
frecuentábamos dichas salas éramos tratados de “intelectuales”, y el cultivo de
la mente en un Régimen que en su momento fue afín con el nacionalsocialismo de
Hitler y su ministro de propaganda Goebels…
Así es de suponer que aquellos que se
dedicaron a financiar este tipo de sala además de ser muy cinéfilos tenían un
espíritu muy romántico, aunque en ocasiones lograran algún que otro bingo, como
en el caso del cine Cid Campeador y la proyección de “La Naranja Mecánica”, de
la que ya hablaremos más tarde.
Una modalidad que se inventaron los
propietarios de este tipo de salas con el fin de evitar la bancarrota fue la de
dar sesiones los domingos por la mañana a precio reducido, y encontrar así un
público añadido que no se encontraba en disposición de hacer muchos dispendios
económicos… los estudiantes.
En el cine Bellas Artes, que forma
parte del edificio del Círculo de Bellas Artes, obra en estilo “decó”,
proyectado por el arquitecto Palacios, y que está ubicado en la calle de
Alcalá, tres estudiantes, Ricardo, Pepu y yo, asistimos a la proyección de la
película en una de esas “matiné”, y disfrutamos de todo ese lenguaje de luces y
sombras con el que de un modo muy expresivo Einsestein en un prodigioso blanco
y negro logra transmitir sensaciones y emociones sin recurrir a la palabra.
La banda sonora la compuso Sergéi
Prokófiev, un gran
compositor que también realizó algún ballet, como “Romeo y Julieta”, sobre la
célebre obra teatral de Chéspir, y alguna que otra preciosa sinfonía.
Volviendo a la Universidad, entre
huelgas y revueltas, acabé por perderle la pista a la pecosilla Marcela, tal
vez dejó las aulas o frecuentaba otros ambientes diferentes al mío, el caso es
que no la volví a ver, y los poemas dedicados a ella se quedaron dormidos para
siempre en un cuadernillo, sin que la chica llegara nunca a saber que, con la
complicidad de las Musas, se habían elaborado mediocres cantos dedicados a su
persona.

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