martes, 1 de mayo de 2012

4 DE LO DIFÍCIL Y TERRIBLE QUE SE HACE LA CREATIVIDAD CUANDO LAS CONDICIONES SON ADVERSAS.



         Ricardo tenía su dormitorio en la misma planta del Colegio Mayor que el ocupado por Pepu y Dolfo. Estudiaba Telecomunicaciones y era un “manitas”, hasta el punto de que pieza a pieza se había construido una pequeña emisora, con la que desplazándose por las diferentes frecuencias se podía desde escuchar la BBC de Londres a entrar en el espacio en que operaban los patrulleros de la policía, lo que nos venía de perlas cuando había algún conflicto en la Complutense, pues estábamos informados en tiempo real de todos sus movimientos. 

         Y conflictos los había casi de continuo, unas veces por causas razonables, como podía ser la subida desmedida de tasas universitarias, y otras alentados por las ramas juveniles de los partidos políticos, que, como seguían prohibidos, operaban desde la clandestinidad. La forma típica de plantear una huelga era la asamblea de alumnos en el vestíbulo de las diferentes Escuelas y Facultades, pues los edificios de las diferentes Escuelas del Politécnico estaban entremezclados con las Facultades de la Complutense. 
  

         Después de haber tenido una experiencia bastante desfavorable cuando era delegado de curso en el Instituto, en el 68, más por desinformación que por voluntad rebelde, y de la que nos sacó, a los otros delegados y a mí, el Jefe de Estudios, don Pablo Maruri Maza, de quien ya hablaré más tarde, poniendo en peligro su propia seguridad civil y académica, procuraba mantenerme al margen de este tipo de líos, y mi participación en las asambleas se limitaba a alzar la mano cuando llegaba el turno de las votaciones, y por lo general solía ser en contra de la huelga, primero porque no estaba la situación como para andar perdiendo el tiempo y lo segundo porque tarde poco en darme cuenta de que este tipo de consultas son muy manipulables. Uno de los oradores toma la palabra exponiendo las razones que hacen necesaria la huelga, y, tras de dos o tres intervenciones de los que piden algún tipo de aclaraciones, toma la palabra un compinche del primero que argumenta con firmeza en contra de las tesis de éste, de forma que se van formando dos bandos de tendencia opuesta con los que están a favor de uno u otro… así, después de distintos botes y rebotes, cuando el opositor termina por dar su brazo a torcer arrastra tras de sí a los que están con él y… obtenida mayoría. Puesto a gastar el tiempo en algo distinto al estudio prefería mirar una pantalla.

         Los cines de Arte y Ensayo se dedicaban a traer a la penumbra de las salas junto con obras experimentales algunas de las obras maestras de la cinematografía, como es el caso de “Iván el Terrible”.
         Esta es una película en dos partes sobre Iván IV de Rusia dirigida por Sergéi Eisenstein. La primera parte se estrenó en 1944 pero la segunda parte no se pudo estrenar hasta 1958 debido a la censura política. En principio debía ser una trilogía, pero Eisenstein murió antes de terminar el rodaje de la última parte.
      Durante la Segunda Guerra Mundial, con el ejército alemán aproximándose a Moscú, Eisenstein fue uno de los muchos cineastas de Moscú que fueron evacuados a Almaty, en la antigua República Socialista Soviética de Kazajistán. Allí fue donde Eisenstein tuvo la idea de hacer una película sobre el Zar Iván IV, el Terrible, al que Stalin admiraba, pues le consideraba la misma clase de líder brillante, decisivo y exitoso que Stalin aspiraba a ser.
         La primera parte se rodó entre 1942 y 1944, y se estrenó a finales de ese año. La película presentaba a Iván como un héroe nacional, y se ganó la aprobación de Stalin (e incluso un Premio Stalin).
         La segunda parte se rodó en Mosfilm en 1946, ya acabada la guerra. Sin embargo, no fue aprobada por el gobierno porque mostraba a Iván menos como un héroe y más como un tirano paranoico, una analogía que a Stalin no le gustó. Censuró la película y no se pudo estrenar hasta 1958, cinco años tras su muerte. La tal película se comercializó como “La Conjura de los Boyardos”, y en su tramo final tiene algunas escenas rodadas en color, según un método innovador independiente de las experiencias que se estaban realizando a la vez por occidente y que, dadas las vicisitudes con que se enfrentó el film, no llegó a desarrollarse.
         La tercera parte, que se empezó a rodar en 1946, no se completó. Todo el metraje fue confiscado y la mayor parte destruido.


      Por regla general los cines donde se proyectaban películas de Arte y Ensayo sólo cubrían gastos, pues el público asistente era bastante minoritario por diversos motivos, que, sin pretender ser exhaustivo, paso a enumerar: a) las pelis se proyectaban en versión original con subtítulos, y la mayoría por aquí nos limitábamos a hablar y escribir con una cierta corrección el castellano; b) Como no había mucha comunicación con el exterior resultaba difícil saber por el título de un filme y el nombre de su director si nos encontraríamos con una maravilla o un bodrio; c) Los que frecuentábamos dichas salas éramos tratados de “intelectuales”, y el cultivo de la mente en un Régimen que en su momento fue afín con el nacionalsocialismo de Hitler y su ministro de propaganda Goebels…
         Así es de suponer que aquellos que se dedicaron a financiar este tipo de sala además de ser muy cinéfilos tenían un espíritu muy romántico, aunque en ocasiones lograran algún que otro bingo, como en el caso del cine Cid Campeador y la proyección de “La Naranja Mecánica”, de la que ya hablaremos más tarde.

         Una modalidad que se inventaron los propietarios de este tipo de salas con el fin de evitar la bancarrota fue la de dar sesiones los domingos por la mañana a precio reducido, y encontrar así un público añadido que no se encontraba en disposición de hacer muchos dispendios económicos… los estudiantes.
         En el cine Bellas Artes, que forma parte del edificio del Círculo de Bellas Artes, obra en estilo “decó”, proyectado por el arquitecto Palacios, y que está ubicado en la calle de Alcalá, tres estudiantes, Ricardo, Pepu y yo, asistimos a la proyección de la película en una de esas “matiné”, y disfrutamos de todo ese lenguaje de luces y sombras con el que de un modo muy expresivo Einsestein en un prodigioso blanco y negro logra transmitir sensaciones y emociones sin recurrir a la palabra.
         La banda sonora la compuso Sergéi Prokófiev, un gran compositor que también realizó algún ballet, como “Romeo y Julieta”, sobre la célebre obra teatral de Chéspir, y alguna que otra preciosa sinfonía.

         Volviendo a la Universidad, entre huelgas y revueltas, acabé por perderle la pista a la pecosilla Marcela, tal vez dejó las aulas o frecuentaba otros ambientes diferentes al mío, el caso es que no la volví a ver, y los poemas dedicados a ella se quedaron dormidos para siempre en un cuadernillo, sin que la chica llegara nunca a saber que, con la complicidad de las Musas, se habían elaborado mediocres cantos dedicados a su persona.

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