lunes, 14 de mayo de 2012

12. DE LAS VARIADAS FORMAS QUE TIENEN LAS MUJERES Y LOS HOMBRES DE ENAMORARSE.



         Otro de los cines que tenía sala de baile en su sótano era el Real Cinema, emplazado en la Plaza de Isabel la Segunda, más conocida como Plaza de Ópera por ubicarse también allí una de las fachadas del Teatro Real, que más que dedicarse al teatro en sí estuvo desde siempre dedicado a la música clásica en sus variadas vertientes. Aunque la fachada principal del Real, como popularmente se le conoce, esté enfrentada con la del Palacio de Oriente, que para seguir con el juego de inexactitudes topológicas se sitúa justo al oeste de la capital. Los bloques de viviendas y oficinas que prolongan está fachada, obra también del arquitecto italiano Sachetti, como el Palacio, tienen forma de arco contribuyendo a establecer una bonita plaza barroca ajardinada, presidida en su centro por la estatua ecuestre de don Felipe el Cuarto, cuyo diseño se atribuye a Velázquez, el estudio de fuerzas para que el caballo esté en posición rampante, apoyado sólo en dos patas y la cola, a Galileo, y la realización del bronce a Felipe Vigarny.

         Bonito lugar para pasear los enamorados en un atardecer primaveral, aunque si las cosas no van bien entre la pareja, también puede ser perfecto para tener alguna disputa. Y entre Clara y yo cada vez eran mayores las diferencias en gustos y forma de plantear un futuro común.

         Salíamos de ver Mujeres Enamoradas, en el Real Cinema, una película del director Inglés Ken Russell, de 1969, basada en la novela de D. H. Lawrence, que ganó un Oscar por Glenda Jackson y rompió el tabú del cine sobre la desnudez frontal masculina. Y como tuvo unos buenos beneficios económicos puso a Russell en una cadena de películas de tema adulto que fueron tan controvertidas como exitosas, entre ellas “La Pasión de Vivir”, sobre la vida de Chaikovski. Le ayudo bastante al gran respaldo que tuvo Mujeres Enamoradas, el que se rodeara de los mejores actores que había por el momento en la isla, Alan Bates y Oliver Reed eran los protagonistas masculinos, y en los papeles femeninos acompañaba a Glenda Jackson haciendo el papel de su hermana Jennie Linden. Seguía bastante al pie de la letra el guión de la novela en el que se entremezclan las relaciones de las hermanas, de caracteres muy diferentes, con sus noviazgos con dos jóvenes amigos que mantienen una estrecha relación, en la que se deja entrever una cierta homosexualidad. Y algún otro episodio de relaciones entre parejas de su entorno para surtir de un amplio abanico de lo complicadas que son las relaciones entre los seres humanos, aunque esté de por medio la amistad o el amor. Glenda, había ganado de nuevo este 73 el óscar a la mejor actriz, con “Un Toque de Clase”, de Melvin Franck, y tal vez ese fuera el motivo de que se repusiera la inspirada en la obra de Lawrece. Llegó a ser una actriz mítica por aquellos años, hasta el punto que Julio Cortázar, entre Rayuela y Rayuela, la dedicara un cuento: “Queremos tanto a Glenda”, que constituye una crítica al desmedido cariño que tienen algunos admiradores hacia los personajes públicos, que les pueden poner en serías dificultades.

         Tal vez lo visionado en la pantalla me ayudó a sincerarme con Clara, y ella que también estaba al tanto de que algo no funcionaba bien en nuestra relación, desde hacía un tiempo, tampoco puso mucho empeño en no se consumara nuestra ruptura.

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