Otro de los cines que tenía sala de
baile en su sótano era el Real Cinema, emplazado en la Plaza de Isabel la
Segunda, más conocida como Plaza de Ópera por ubicarse también allí una de las
fachadas del Teatro Real, que más que dedicarse al teatro en sí estuvo desde
siempre dedicado a la música clásica en sus variadas vertientes. Aunque la
fachada principal del Real, como popularmente se le conoce, esté enfrentada con
la del Palacio de Oriente, que para seguir con el juego de inexactitudes
topológicas se sitúa justo al oeste de la capital. Los bloques de viviendas y
oficinas que prolongan está fachada, obra también del arquitecto italiano
Sachetti, como el Palacio, tienen forma de arco contribuyendo a establecer una
bonita plaza barroca ajardinada, presidida en su centro por la estatua ecuestre
de don Felipe el Cuarto, cuyo diseño se atribuye a Velázquez, el estudio de
fuerzas para que el caballo esté en posición rampante, apoyado sólo en dos
patas y la cola, a Galileo, y la realización del bronce a Felipe Vigarny.
Bonito lugar para pasear los enamorados
en un atardecer primaveral, aunque si las cosas no van bien entre la pareja,
también puede ser perfecto para tener alguna disputa. Y entre Clara y yo cada
vez eran mayores las diferencias en gustos y forma de plantear un futuro común.
Salíamos de ver Mujeres Enamoradas, en el
Real Cinema, una película del director Inglés Ken Russell, de
1969, basada en la novela de D. H.
Lawrence, que ganó un Oscar por Glenda Jackson
y rompió el tabú
del cine sobre la desnudez frontal masculina. Y como tuvo unos buenos
beneficios económicos puso a Russell en una cadena de películas de tema adulto
que fueron tan controvertidas como exitosas, entre ellas “La Pasión de Vivir”,
sobre la vida de Chaikovski. Le ayudo bastante al gran
respaldo que tuvo Mujeres Enamoradas, el que se rodeara de los mejores actores
que había por el momento en la isla, Alan Bates y Oliver Reed eran los
protagonistas masculinos, y en los papeles femeninos acompañaba a Glenda
Jackson haciendo el papel de su hermana Jennie Linden. Seguía bastante al pie
de la letra el guión de la novela en el que se entremezclan las relaciones de
las hermanas, de caracteres muy diferentes, con sus noviazgos con dos jóvenes amigos
que mantienen una estrecha relación, en la que se deja entrever una cierta homosexualidad.
Y algún otro episodio de relaciones entre parejas de su entorno para surtir de
un amplio abanico de lo complicadas que son las relaciones entre los seres
humanos, aunque esté de por medio la amistad o el amor. Glenda, había ganado de
nuevo este 73 el óscar a la mejor actriz, con “Un Toque de Clase”, de Melvin
Franck, y tal vez ese fuera el motivo de que se repusiera la inspirada en la
obra de Lawrece. Llegó a ser una actriz mítica por aquellos años, hasta el
punto que Julio Cortázar, entre Rayuela y Rayuela, la dedicara un cuento: “Queremos
tanto a Glenda”, que constituye una crítica al desmedido cariño que tienen algunos
admiradores hacia los personajes públicos, que les pueden poner en serías dificultades.
Tal vez lo visionado en la pantalla me
ayudó a sincerarme con Clara, y ella que también estaba al tanto de que algo no
funcionaba bien en nuestra relación, desde hacía un tiempo, tampoco puso mucho
empeño en no se consumara nuestra ruptura.

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