Como ya dijimos, además de la Gran Vía
otro área dedicada a cines de estreno era la calle Fuencarral. El de mayor
aforo y de mejores actualizaciones técnicas era el Conde-Duque, sin duda
denominado así en homenaje al válido de don Felipe el Cuarto, rey de las
Españas y Portugal, ironías del destino que a pocos metros de su embocadura se
irguiera la estatua homenaje del pueblo de Madrid a su mayor detractor desde el
campo de la literatura, don Francisco de Quevedo y Villegas, como ejemplo
algunos de los versos de la Epístola satírica y censoria contra las costumbres
presentes de los castellanos, escrita al Conde-Duque de Olivares, que
ansí la tituló y ansí le costó un destierro de la Villa y Corte:
“No he de callar, por más que con el
dedo,
Ya tocando
la boca, o ya la frente,
Silencio
avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se
ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha
de decir lo que se siente?
Hoy sin miedo que libre escandalice
Puede hablar
el ingenio asegurado
De que mayor
poder le atemorice…
…Con asco entre las otras gentes nombro
Al que de su
persona, sin decoro,
Más quiere
nota dar que dar asombro…”
En dicho cine se implantó, entre otras,
una técnica nueva, que se denominaba Cinerama, que consistía en proyectar,
simultáneamente desde tres proyectores sincronizados de 35 mm., imágenes sobre
una pantalla curva de 146 grados, lo que producía que el espectador se sintiera
envuelto por el escenario, una cierta sensación de tridimensionalidad, y un
realismo de la imagen nunca vista antes. Así pudimos ver unos años antes “La Conquista
del Oeste”, y aquella tarde sabatina, en un formato más depurado, El
violinista en el tejado, una película musical estadounidense dirigida
por Norman
Jewison en el año 1971,
que se estrenó en su versión teatral en Broadway
en el año 1964
(Fiddler
on the Roof), con Zero
Mostel como protagonista. Estaba basada en una
novela del escritor ruso
Sholom Aleichem,
titulada Las hijas de Tevye.
En
la versión cinematográfica, el sonido del violín que toca el violinista, usado
como metáfora
de la vida inestable de las comunidades judías
en la Rusia
zarista,
fue doblado por Isaac
Stern. La película ganó tres premios Oscar. Y
estaba protagonizada por Topol, un actor de una amplia humanidad en todos los
sentidos, tanto físicos como anímicos.
Como era una peli que seguro les
gustaría ver a mis padres y, entre bailes y cines, tenía muy mermadas mis
reservas de lo economizado en verano de las clases de natación, les propuse ir,
a lo que accedieron después de no pocos esfuerzos, porque entre que la edad les
volvía cada vez más sedentarios y la televisión, que les permitía echar una
cabezada en la sobremesa tras el almuerzo, se les hacia como un mundo tener que
subirse a un transporte público para llegar hasta el centro. Pero como ya
sabemos que por dar gusto a un hijo se puede hacer hasta lo que no está escrito
en los papeles acabé por convencerles. La película les encantó y volver a la
calle de Fuencarral hizo que nos pasáramos una tarde de rememoraciones de
anteriores visitas mientras saboreábamos un café en el Comercial de Bilbao.
Como la versión para Clara era que el
compromiso familiar era ineludible y no podría verla aquel sábado, aproveché la
ocasión para citarme en el Café Concierto Beethoven con la pandilla de Pepu a última hora de la tarde.
El salón, ya desaparecido, estaba ubicado por el barrio
Salamanca, zona noble de la capital, ambientado con música clásica y con
conciertos en directo de afamados interpretes del momento, como la pianista
Alicia de Larrocha, experta en Mozart, que los debían de dar por amor al arte y
gracias a la mucha labia que tenía su director artístico, Andrés Ruíz Tarazona,
que por aquellas fechas llevaba también un programa dedicado a los clásicos en
Radio Nacional de España, donde hacia entrevistas que aprovechaba para captar a
los invitados a actuar en su local. Era amigo de Arturo Pardos, pintoresco
personaje de largas barbas y cabellos, que dirigía la academia de dibujo donde
hizo su preparación Pepu para el ingreso en la Escuela de Bellas Artes, y era
además dibujante humorístico bastante afamado, y galardonado con algunos
premios como la Paleta Agromán, empresa de construcción que había instituido este
concurso anual que gozaba de bastante prestigio en los medios artísticos.
Según
me contó Pepu, años atrás Andrés les había dado un ciclo de conferencias sobre
música clásica ilustrada con audiciones, con el fin de hacer propaganda del
local, que como insólito y pionero en este tipo de actividad no parecía gozar
de una economía boyante, y la mayor parte de los días estaba casi vacío,
llenándose sólo cuando había alguna actuación excepcional, que dado el tamaño
reducido del escenario, ocupado casi todo por un gran piano de cola, consistía
en un solista o un dúo. Allí trabé también amistad con un compañero de academia
de Pepu, Toño Zapata, que estudiaba Arquitectura y parecía tener una cultura
bastante amplia.

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