sábado, 5 de mayo de 2012

8. SOBRE VIOLINISTAS EN LOS TEJADOS Y PIANISTAS EN EL CAFÉ CONCIERTO BEETHOVEN.



         Como ya dijimos, además de la Gran Vía otro área dedicada a cines de estreno era la calle Fuencarral. El de mayor aforo y de mejores actualizaciones técnicas era el Conde-Duque, sin duda denominado así en homenaje al válido de don Felipe el Cuarto, rey de las Españas y Portugal, ironías del destino que a pocos metros de su embocadura se irguiera la estatua homenaje del pueblo de Madrid a su mayor detractor desde el campo de la literatura, don Francisco de Quevedo y Villegas, como ejemplo algunos de los versos de la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al Conde-Duque de Olivares, que ansí la tituló y ansí le costó un destierro de la Villa y Corte:
         “No he de callar, por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, o ya la frente,
Silencio avises o amenaces miedo.
         ¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
         Hoy sin miedo que libre escandalice
Puede hablar el ingenio asegurado
De que mayor poder le atemorice…
         …Con asco entre las otras gentes nombro
Al que de su persona, sin decoro,
Más quiere nota dar que dar asombro…”
         En dicho cine se implantó, entre otras, una técnica nueva, que se denominaba Cinerama, que consistía en proyectar, simultáneamente desde tres proyectores sincronizados de 35 mm., imágenes sobre una pantalla curva de 146 grados, lo que producía que el espectador se sintiera envuelto por el escenario, una cierta sensación de tridimensionalidad, y un realismo de la imagen nunca vista antes. Así pudimos ver unos años antes “La Conquista del Oeste”, y aquella tarde sabatina, en un formato más depurado, El violinista en el tejado, una película musical estadounidense dirigida por Norman Jewison en el año 1971, que se estrenó en su versión teatral en Broadway en el año 1964 (Fiddler on the Roof), con Zero Mostel como protagonista. Estaba basada en una novela del escritor ruso Sholom Aleichem, titulada Las hijas de Tevye.  
      
           En la versión cinematográfica, el sonido del violín que toca el violinista, usado como metáfora de la vida inestable de las comunidades judías en la Rusia zarista, fue doblado por Isaac Stern. La película ganó tres premios Oscar. Y estaba protagonizada por Topol, un actor de una amplia humanidad en todos los sentidos, tanto físicos como anímicos.

         Como era una peli que seguro les gustaría ver a mis padres y, entre bailes y cines, tenía muy mermadas mis reservas de lo economizado en verano de las clases de natación, les propuse ir, a lo que accedieron después de no pocos esfuerzos, porque entre que la edad les volvía cada vez más sedentarios y la televisión, que les permitía echar una cabezada en la sobremesa tras el almuerzo, se les hacia como un mundo tener que subirse a un transporte público para llegar hasta el centro. Pero como ya sabemos que por dar gusto a un hijo se puede hacer hasta lo que no está escrito en los papeles acabé por convencerles. La película les encantó y volver a la calle de Fuencarral hizo que nos pasáramos una tarde de rememoraciones de anteriores visitas mientras saboreábamos un café en el Comercial de Bilbao.
         Como la versión para Clara era que el compromiso familiar era ineludible y no podría verla aquel sábado, aproveché la ocasión para citarme en el Café Concierto Beethoven con la pandilla de Pepu a última hora de la tarde.
         El salón, ya desaparecido, estaba ubicado por el barrio Salamanca, zona noble de la capital, ambientado con música clásica y con conciertos en directo de afamados interpretes del momento, como la pianista Alicia de Larrocha, experta en Mozart, que los debían de dar por amor al arte y gracias a la mucha labia que tenía su director artístico, Andrés Ruíz Tarazona, que por aquellas fechas llevaba también un programa dedicado a los clásicos en Radio Nacional de España, donde hacia entrevistas que aprovechaba para captar a los invitados a actuar en su local. Era amigo de Arturo Pardos, pintoresco personaje de largas barbas y cabellos, que dirigía la academia de dibujo donde hizo su preparación Pepu para el ingreso en la Escuela de Bellas Artes, y era además dibujante humorístico bastante afamado, y galardonado con algunos premios como la Paleta Agromán, empresa de construcción que había instituido este concurso anual que gozaba de bastante prestigio en los medios artísticos. 
         Según me contó Pepu, años atrás Andrés les había dado un ciclo de conferencias sobre música clásica ilustrada con audiciones, con el fin de hacer propaganda del local, que como insólito y pionero en este tipo de actividad no parecía gozar de una economía boyante, y la mayor parte de los días estaba casi vacío, llenándose sólo cuando había alguna actuación excepcional, que dado el tamaño reducido del escenario, ocupado casi todo por un gran piano de cola, consistía en un solista o un dúo. Allí trabé también amistad con un compañero de academia de Pepu, Toño Zapata, que estudiaba Arquitectura y parecía tener una cultura bastante amplia.

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