Las salas de cine del barrio, me
refiero a Tetuán de las Victorias, donde se ubica el 93, habían, en su mayoría,
continuado su actividad, y hasta había surgido alguna nueva como el Cinema
Versalles, bastante cercano al Murillo. La fórmula de la sala de baile
aprovechando los sótanos de los cines había resultado muy exitosa y surgieron
varias por aquellos años.
Aunque nunca he sido muy aficionado a
los bailes, salas llenas de humo y con un ruido de muchos decibelios que
prácticamente hace imposible una conversación que no sea a gritos, cuando se
tienen amigos que los frecuentan, como era el caso de Pedro Francisco, algunas
vez acabas por acompañarles. Por lo general se comenzaba a ir en pandilla
unisexual, pero al poco tiempo de frecuentar un mismo local se comenzaban a
formar parejas de afinidad entre unos y otros grupos y se terminaban por formar
una o varias pandillas mixtas.
El Versalles, de pomposo nombre con
ecos parisinos y barrocos, tenía en realidad una decoración bastante limpia y moderna,
y disponía de una pista de baile espaciosa y de techos altos, y un buen sistema
de extracción de humos, lo que le convertían en un local menos desagradable que
otros similares. Es probable que abriera todos los días de la semana, al menos
seguro que los jueves, pues era la tarde que tenían de libranza las muchachas
empleadas domésticas, profesión que por aquellas fechas estaba todavía muy extendida,
cuestión de los bajos salarios que percibían, la mayor parte de las veces sin
derecho a seguridad social, y los sábados, como discoteca. En uno de los fondos
había un estrado en el que los domingos tocaba una orquestina con una cantante
solista, por lo general haciendo canciones de actualidad que se habían hecho
populares a través de la radio o la televisión, pues la sala estaba dedicada
mayormente a la juventud, aunque no era raro ver también a parejas o grupos de
mediana edad, al fin y al cabo la jovialidad no está reñida con el calendario.
Aunque siempre pajareando entre unas y
otras, Pedro, por aquellas fechas, mantenía un medio noviazgo con una chica que
trabajaba de empaquetadora en unos laboratorios situados por encima de la Plaza
de Castilla, y una tarde de sábado en que le acompañé me presentaron a un grupo
de muchachas compañeras de curro, entre las que había una, de nombre Clara, que
compartía conmigo su falta de afición por la danza, por lo que mientras sus
amigas y mi amigo se fueron perdiendo de forma gradual por la pista de baile
nos quedamos solos en la mesa e hilamos conversación.
- ¿Cómo es que vienes a un baile si no
te gusta bailar? -fue la pregunta estúpida que se me ocurrió formularle para
romper el hielo.
- Me gusta escuchar la música y me
entretengo viendo bailar a los otros me respondió Clara, que tenía una linda
mirada del mismo color que la cola que estaba tomando-, pero te podría
preguntar lo mismo a ti.
- Lo mío es accidental porque tampoco
es que me encante este tipo de música pachanguera.
- Un oído exquisito tiene el galán.
- Me gusta la música más tranquila, la
clásica y…
-Vaya muermo -no me dejó seguir, y,
como le gustaba mucho hablar, durante la siguiente media hora me puso al
corriente sobre sus opiniones musicales y sobre la ruptura que había tenido
hacía pocas semanas con un novio con el que se encontraba bastante
comprometida. Dado el ruido ambiental en el que nos encontrábamos inmersos para
poder seguir el sentido de su monólogo, ya que mi contribución a la
conversación se limitaba a intercalar monosílabos del tipo: ya, sí, oh…, mi
cabeza se fue acercando a la suya hasta que nuestros ojos se quedaron enredados
y comencé a sentir su aliento en mi boca, lo que resultaba bastante agradable.
Cuando, ante una de sus diatribas
contra el sexo masculino en general y al fementido traidor que la había
abandonado en particular, tomé una de sus manos con la intención de
reconfortarla, ella apretó con suavidad las mías y reposó la cabeza sobre mi
hombro, mientras se callaba y entreabría los labios…
Lo demás vino como rodado. Era
costumbre en los salones de baile que durante la última media hora antes del
cierre se pusieran luces indirectas, casi de penumbra, y música en plan
baladas. Teniendo a Clara entre mis brazos mientras se frotaban nuestros
cuerpos al ritmo de la “Michelle” de los Beatles nos dimos un largo beso…
Cuando volvimos al velador después de
un par de bailables más habían desaparecido tanto sus amigas como Pedro
Francisco, así que me ofrecí para acompañarla a su casa, que no estaba muy
lejos. Vivía con sus padres en una casa baja por la Ventilla, no muy lejos de
la Plaza de Castilla, en una calle muy mal iluminada que nos dio permiso para
tener unos lindos disfrutes amorosos apoyados en la tapia de una casa que
parecía abandonada. La elipsis es una de las figuras literarias y
cinematográficas más bellas que se han inventado, así que cada cual se imagine
lo que sucedió en aquella desierta calleja una gélida noche de enero.
A la salida del baile habíamos visto
anunciada mediante grandes carteles Verano del 42 en el cine colindante
y nos citamos para verla el día siguiente.
La película fue dirigida por Robert
Mulligan, y actuaban Gary Grimes, como el adolescente Hermie, y Jennifer
O'Neill como Dorothy, la mujer casada de la cual se enamora Hermie.
Mulligan también le presta su voz a Hermie en sus recuerdos en off como
adulto.
Película, y la novela que la da origen,
corresponden a memorias escritas por Herman Raucher; las mismas
relatan los eventos que vivió durante un verano que pasó en la Isla Nantucket en 1942 cuando tenía 14 años de edad.
Originalmente, la película se pensó como un homenaje a su amigo Oscar,
"Oscy" Seltzer, un médico del ejército que murió en la guerra de Corea. Seltzer murió de un disparo en una
batalla en Corea mientras atendía a un hombre herido en combate; esto sucedió
el día del cumpleaños de Raucher, y por ese motivo desde entonces Raucher no ha
celebrado su cumpleaños. Mientras escribía el guion, Raucher se dio cuenta de que
a pesar de que había crecido junto con Oscy y que habían sido compinches
durante su adolescencia, ellos dos nunca habían tenido una conversación sobre
temas trascendentes o llegado a conocerse en un plano más personal.
Raucher decidió concentrase en la
primera experiencia importante de su vida como adulto, o sea la primera vez que
se enamoró. La mujer (llamada Dorothy, al igual que el personaje de la
película) estaba de vacaciones en la isla, Raucher la había conocido un día en
que le ayudó a acarrear las provisiones; Raucher desarrolló una amistad con
ella y su esposo y le brindó su ayuda luego de que su esposo fuera alistado
para pelear en la segunda
guerra mundial. Raucher
tuvo relaciones con ella una noche en que la había ido a visitar, y que
coincide con el día en que ella es informada por el gobierno norteamericano que
su esposo ha fallecido. A la mañana siguiente, Raucher descubre que ella se ha
ido de la isla, dejándole una carta (la que se lee al final de la película, y
se encuentra transcrita en el libro). Raucher nunca volvió a ver a Dorothy.
Rodada en color y con un precioso tema
musical, en su conjunto resulta de una melancolía profunda y, en ocasiones que
aparté la vista de la pantalla para mirar a mi compañera de visionado, pude ver
como los bellos ojos color regaliz de Clara estaban humedecidos. Una linda y
sensible personilla que no me merecía.

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