miércoles, 2 de mayo de 2012

5. SOBRE COMO LAS ESTACIONES DEL ALMA SON INDEPENDIENTES DE LAS SOLARES Y CUALQUIER TARDE INVERNAL SE PUEDE TRANSFORMAR EN UN VERANO DEL 42



         Las salas de cine del barrio, me refiero a Tetuán de las Victorias, donde se ubica el 93, habían, en su mayoría, continuado su actividad, y hasta había surgido alguna nueva como el Cinema Versalles, bastante cercano al Murillo. La fórmula de la sala de baile aprovechando los sótanos de los cines había resultado muy exitosa y surgieron varias por aquellos años.

         Aunque nunca he sido muy aficionado a los bailes, salas llenas de humo y con un ruido de muchos decibelios que prácticamente hace imposible una conversación que no sea a gritos, cuando se tienen amigos que los frecuentan, como era el caso de Pedro Francisco, algunas vez acabas por acompañarles. Por lo general se comenzaba a ir en pandilla unisexual, pero al poco tiempo de frecuentar un mismo local se comenzaban a formar parejas de afinidad entre unos y otros grupos y se terminaban por formar una o varias pandillas mixtas.

         El Versalles, de pomposo nombre con ecos parisinos y barrocos, tenía en realidad una decoración bastante limpia y moderna, y disponía de una pista de baile espaciosa y de techos altos, y un buen sistema de extracción de humos, lo que le convertían en un local menos desagradable que otros similares. Es probable que abriera todos los días de la semana, al menos seguro que los jueves, pues era la tarde que tenían de libranza las muchachas empleadas domésticas, profesión que por aquellas fechas estaba todavía muy extendida, cuestión de los bajos salarios que percibían, la mayor parte de las veces sin derecho a seguridad social, y los sábados, como discoteca. En uno de los fondos había un estrado en el que los domingos tocaba una orquestina con una cantante solista, por lo general haciendo canciones de actualidad que se habían hecho populares a través de la radio o la televisión, pues la sala estaba dedicada mayormente a la juventud, aunque no era raro ver también a parejas o grupos de mediana edad, al fin y al cabo la jovialidad no está reñida con el calendario.

         Aunque siempre pajareando entre unas y otras, Pedro, por aquellas fechas, mantenía un medio noviazgo con una chica que trabajaba de empaquetadora en unos laboratorios situados por encima de la Plaza de Castilla, y una tarde de sábado en que le acompañé me presentaron a un grupo de muchachas compañeras de curro, entre las que había una, de nombre Clara, que compartía conmigo su falta de afición por la danza, por lo que mientras sus amigas y mi amigo se fueron perdiendo de forma gradual por la pista de baile nos quedamos solos en la mesa e hilamos conversación.
         - ¿Cómo es que vienes a un baile si no te gusta bailar? -fue la pregunta estúpida que se me ocurrió formularle para romper el hielo.
         - Me gusta escuchar la música y me entretengo viendo bailar a los otros me respondió Clara, que tenía una linda mirada del mismo color que la cola que estaba tomando-, pero te podría preguntar lo mismo a ti.
         - Lo mío es accidental porque tampoco es que me encante este tipo de música pachanguera.
         - Un oído exquisito tiene el galán.
         - Me gusta la música más tranquila, la clásica y…
         -Vaya muermo -no me dejó seguir, y, como le gustaba mucho hablar, durante la siguiente media hora me puso al corriente sobre sus opiniones musicales y sobre la ruptura que había tenido hacía pocas semanas con un novio con el que se encontraba bastante comprometida. Dado el ruido ambiental en el que nos encontrábamos inmersos para poder seguir el sentido de su monólogo, ya que mi contribución a la conversación se limitaba a intercalar monosílabos del tipo: ya, sí, oh…, mi cabeza se fue acercando a la suya hasta que nuestros ojos se quedaron enredados y comencé a sentir su aliento en mi boca, lo que resultaba bastante agradable.
         Cuando, ante una de sus diatribas contra el sexo masculino en general y al fementido traidor que la había abandonado en particular, tomé una de sus manos con la intención de reconfortarla, ella apretó con suavidad las mías y reposó la cabeza sobre mi hombro, mientras se callaba y entreabría los labios…
         Lo demás vino como rodado. Era costumbre en los salones de baile que durante la última media hora antes del cierre se pusieran luces indirectas, casi de penumbra, y música en plan baladas. Teniendo a Clara entre mis brazos mientras se frotaban nuestros cuerpos al ritmo de la “Michelle” de los Beatles nos dimos un largo beso…
         Cuando volvimos al velador después de un par de bailables más habían desaparecido tanto sus amigas como Pedro Francisco, así que me ofrecí para acompañarla a su casa, que no estaba muy lejos. Vivía con sus padres en una casa baja por la Ventilla, no muy lejos de la Plaza de Castilla, en una calle muy mal iluminada que nos dio permiso para tener unos lindos disfrutes amorosos apoyados en la tapia de una casa que parecía abandonada. La elipsis es una de las figuras literarias y cinematográficas más bellas que se han inventado, así que cada cual se imagine lo que sucedió en aquella desierta calleja una gélida noche de enero. 

         A la salida del baile habíamos visto anunciada mediante grandes carteles Verano del 42 en el cine colindante y nos citamos para verla el día siguiente.      
         La película fue dirigida por Robert Mulligan, y actuaban Gary Grimes, como el adolescente Hermie, y Jennifer O'Neill como Dorothy, la mujer casada de la cual se enamora Hermie. Mulligan también le presta su voz a Hermie en sus recuerdos en off como adulto.
         Película, y la novela que la da origen, corresponden a memorias escritas por Herman Raucher; las mismas relatan los eventos que vivió durante un verano que pasó en la Isla Nantucket en 1942 cuando tenía 14 años de edad. Originalmente, la película se pensó como un homenaje a su amigo Oscar, "Oscy" Seltzer, un médico del ejército que murió en la guerra de Corea. Seltzer murió de un disparo en una batalla en Corea mientras atendía a un hombre herido en combate; esto sucedió el día del cumpleaños de Raucher, y por ese motivo desde entonces Raucher no ha celebrado su cumpleaños. Mientras escribía el guion, Raucher se dio cuenta de que a pesar de que había crecido junto con Oscy y que habían sido compinches durante su adolescencia, ellos dos nunca habían tenido una conversación sobre temas trascendentes o llegado a conocerse en un plano más personal.
         Raucher decidió concentrase en la primera experiencia importante de su vida como adulto, o sea la primera vez que se enamoró. La mujer (llamada Dorothy, al igual que el personaje de la película) estaba de vacaciones en la isla, Raucher la había conocido un día en que le ayudó a acarrear las provisiones; Raucher desarrolló una amistad con ella y su esposo y le brindó su ayuda luego de que su esposo fuera alistado para pelear en la segunda guerra mundial. Raucher tuvo relaciones con ella una noche en que la había ido a visitar, y que coincide con el día en que ella es informada por el gobierno norteamericano que su esposo ha fallecido. A la mañana siguiente, Raucher descubre que ella se ha ido de la isla, dejándole una carta (la que se lee al final de la película, y se encuentra transcrita en el libro). Raucher nunca volvió a ver a Dorothy.
         Rodada en color y con un precioso tema musical, en su conjunto resulta de una melancolía profunda y, en ocasiones que aparté la vista de la pantalla para mirar a mi compañera de visionado, pude ver como los bellos ojos color regaliz de Clara estaban humedecidos. Una linda y sensible personilla que no me merecía.


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