Como las muertes de allegados no suelen
venir solas, sino que más bien vienen por tríos, por algo son tres las Parcas,
las encargadas de tejer y destejer nuestro destino, el día 8 de abril fallecía
en Mougins Pablo Picasso, padre putativo de la pintura de mi amigo Pepu,
cumpliendo su promesa de no volver a pisar territorio patrio mientras no se restablecieran
las libertades públicas en las Españas. Como había decidido permanecer
enclaustrado en casa hasta que terminara mi trabajo sobre el Derecho de Gentes
de Francisco de Vitoria, llamé al Colegio Mayor para darle el pésame por
teléfono al vanguardista pintor, y él me lo agradeció haciéndome un horrible
retrato en la siguiente ocasión en que nos vimos. El retrato lo conservo por
cariño hacia a su autor, pero haré todo lo posible porque nunca salga a la luz
pública… Para más, me puso una granada, de las que explotan, con la mecha
encendida en la mano…
Cuando se tiene que realizar un trabajo
más por obligación que por devoción, y además con una fecha de entrega
determinada, cualquier disculpa es buena para aplazar su terminación, así que
aquellos días me tomé desacostumbradas dosis de televisión.
Los televisores ya se habían adueñado
del lugar más importante en la sala de estar de los hogares, y el nuestro no
fue una excepción. Nuestra vecina, doña Josefa, una de las razones que me
hacían visionar las pelis memorizando para después poder contárselas, había
fallecido, y su marido además de jubilado se había quedado solo, buenos motivos
para ser uno de los primeros del vecinos del 93 en tener el aparato de los
fuegos fatuos, en primer lugar para que la pantalla le proporcionara compañía,
y en segundo para obtener compañía adicional invitando a algún vecino cuando se
retrasmitía algún evento excepcional del tipo partido de balompié importante o
corrida de toros. Como no me entusiasmaban este tipo de eventos le hice pocas
visitas por este motivo, pero en alguna ocasión le hice encender el aparato
cuando me enteraba de que iban a poner alguna peli interesante.
Los informativos hacían todo lo posible
por desinformar a la ciudadanía de cuanto acaecía fuera y dentro de las
fronteras, los programas de entretenimiento y variedades eran un perfecto
somnífero, lo que era de agradecer pues me hacían regresar a la tarea, pero de vez
en cuando proyectaban alguna peli interesante, como Surcos, dirigida
por José Antonio Nieves Conde en 1951.
Película de gran dureza ambientada en
el Madrid de la postguerra, donde el hambre lleva a algunas personas a la
práctica del estraperlo,
(venta de mercancías robadas en lo
que se denomina como “mercado negro”). Rodada en blanco y negro, sobre un
argumento de Eugenio Montes, trata de una familia de campesinos que
llega a la ciudad con el propósito de encontrar un horizonte nuevo para sus
vidas, pero nada les saldrá como ellos imaginaban. El padre (José
Prada) ve como la familia
se va desmoronando cada vez más sin poder hacer nada para evitarlo, La madre
(María
Francés), ve con buenos
ojos como se va prosperando sin importarle la procedencia del dinero, ya que Pepe,
el hijo mayor (Francisco
Arenzana), no encontrando
ningún trabajo que le acomode encuentra una salida cómoda, pero de trágicas
consecuencias, en el "estraperlo" y según va adquiriendo mejor
posición social también se va acrecentando su inmoralidad, Antonia, la hija
(Marisa de Leza) encuentra un empleo como criada mientras
sueña con abrirse paso en el mundo de la canción, y, cuando ve fracasados sus
sueños, se convierte en la amante de un estraperlista, Don Roque, "el
Chamberlain" (Félix Dafauce), que acabará por ser el causante de la
muerte de Pepe en un ajuste de cuentas en el garaje almacén donde se
realizan los "trapicheos". Como contrapunto, Manolo, el hijo menor
(Ricardo
Lucía), después de
diversas peripecias comienza a trabajar en un guiñol y se enamora de la hija del
hombre que lo lleva. Una vez enterrado el hijo mayor, la familia se acaba de
desbaratar, y el padre y la hija se vuelven al pueblo, en una escena final en
que se cruzan en la estación
de Atocha con una familia
que viene ufana con las mismas intenciones que llegaron ellos.
Es
probable que sea la película española más emparentada con el neorrealismo
italiano de los Rossellini y De Sica, y el director no duda de hacer un
homenaje explícito a sus maestros cuando lleva a dos de sus protagonistas al
cine para ver una película… neorrealista. Por la que más se conoce a Nieves
Conde es por Balarrasa, realizada el año anterior a la que nos ocupa, y que
más que realista es delirante: El misionero español Javier Mendoza (interpretado
por el gran Fernando Fernán Gómez, que lo mismo servía
para un roto que para un descosido) se encuentra atrapado en medio de una gran
tormenta de nieve en Alaska. Temiendo que ha llegado el fin de sus días, comienza a
recordar su vida: Tras la muerte de su madre, el padre se dedica al juego y el
propio Javier, conocido como Balarrasa lleva también una vida
desenfrenada. Tampoco los otros hermanos, Fernando (Luis Prendes),
Lina (Dina Stern) y Maite (María Rosa Salgado)
llevan vidas modélicas. Cuando estalla la Guerra civil española, Mendoza
incurre en un comportamiento poco heroico que acaba con la vida de un compañero
al jugarse a las cartas una guardia que no le corresponde. Impresionado por el
suceso, ingresa en el Seminario. Tras reconducir la existencia de sus
familiares, emprende una nueva vida como misionero… Una peli habitual en las
sobremesas sabatinas televisivas en los sesenta, setenta, ochenta…
De cómo películas del tipo de Surcos,
que eran una clara crítica social sobre lo que llevaba décadas funcionando por
aquí, y de cómo también llegó a las pantallas de los televisores el “Acorazado
Potemkin” de Einsestein, tarde poco en enterarme, pues en los cursos de
natación veraniegos conocí a su responsable: Alfonso Camposdeamor.

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