jueves, 10 de mayo de 2012

11. SOBRE SURCOS EN LA TIERRA, QUE SON SINÓNIMOS DE ARRUGAS EN LA PIEL, Y TELEVISIÓN EN LAS ALTURAS.


         Como las muertes de allegados no suelen venir solas, sino que más bien vienen por tríos, por algo son tres las Parcas, las encargadas de tejer y destejer nuestro destino, el día 8 de abril fallecía en Mougins Pablo Picasso, padre putativo de la pintura de mi amigo Pepu, cumpliendo su promesa de no volver a pisar territorio patrio mientras no se restablecieran las libertades públicas en las Españas. Como había decidido permanecer enclaustrado en casa hasta que terminara mi trabajo sobre el Derecho de Gentes de Francisco de Vitoria, llamé al Colegio Mayor para darle el pésame por teléfono al vanguardista pintor, y él me lo agradeció haciéndome un horrible retrato en la siguiente ocasión en que nos vimos. El retrato lo conservo por cariño hacia a su autor, pero haré todo lo posible porque nunca salga a la luz pública… Para más, me puso una granada, de las que explotan, con la mecha encendida en la mano…
 
         Cuando se tiene que realizar un trabajo más por obligación que por devoción, y además con una fecha de entrega determinada, cualquier disculpa es buena para aplazar su terminación, así que aquellos días me tomé desacostumbradas dosis de televisión.

         Los televisores ya se habían adueñado del lugar más importante en la sala de estar de los hogares, y el nuestro no fue una excepción. Nuestra vecina, doña Josefa, una de las razones que me hacían visionar las pelis memorizando para después poder contárselas, había fallecido, y su marido además de jubilado se había quedado solo, buenos motivos para ser uno de los primeros del vecinos del 93 en tener el aparato de los fuegos fatuos, en primer lugar para que la pantalla le proporcionara compañía, y en segundo para obtener compañía adicional invitando a algún vecino cuando se retrasmitía algún evento excepcional del tipo partido de balompié importante o corrida de toros. Como no me entusiasmaban este tipo de eventos le hice pocas visitas por este motivo, pero en alguna ocasión le hice encender el aparato cuando me enteraba de que iban a poner alguna peli interesante.

         Los informativos hacían todo lo posible por desinformar a la ciudadanía de cuanto acaecía fuera y dentro de las fronteras, los programas de entretenimiento y variedades eran un perfecto somnífero, lo que era de agradecer pues me hacían regresar a la tarea, pero de vez en cuando proyectaban alguna peli interesante, como Surcos, dirigida por José Antonio Nieves Conde en 1951.


        Película de gran dureza ambientada en el Madrid de la postguerra, donde el hambre lleva a algunas personas a la práctica del estraperlo, (venta de mercancías robadas en lo que se denomina como “mercado negro”). Rodada en blanco y negro, sobre un argumento de Eugenio Montes, trata de una familia de campesinos que llega a la ciudad con el propósito de encontrar un horizonte nuevo para sus vidas, pero nada les saldrá como ellos imaginaban. El padre (José Prada) ve como la familia se va desmoronando cada vez más sin poder hacer nada para evitarlo, La madre (María Francés), ve con buenos ojos como se va prosperando sin importarle la procedencia del dinero, ya que Pepe, el hijo mayor (Francisco Arenzana), no encontrando ningún trabajo que le acomode encuentra una salida cómoda, pero de trágicas consecuencias, en el "estraperlo" y según va adquiriendo mejor posición social también se va acrecentando su inmoralidad, Antonia, la hija (Marisa de Leza) encuentra un empleo como criada mientras sueña con abrirse paso en el mundo de la canción, y, cuando ve fracasados sus sueños, se convierte en la amante de un estraperlista, Don Roque, "el Chamberlain" (Félix Dafauce), que acabará por ser el causante de la muerte de Pepe en un ajuste de cuentas en el garaje almacén donde se realizan los "trapicheos". Como contrapunto, Manolo, el hijo menor (Ricardo Lucía), después de diversas peripecias comienza a trabajar en un guiñol y se enamora de la hija del hombre que lo lleva. Una vez enterrado el hijo mayor, la familia se acaba de desbaratar, y el padre y la hija se vuelven al pueblo, en una escena final en que se cruzan en la estación de Atocha con una familia que viene ufana con las mismas intenciones que llegaron ellos.

      Es probable que sea la película española más emparentada con el neorrealismo italiano de los Rossellini y De Sica, y el director no duda de hacer un homenaje explícito a sus maestros cuando lleva a dos de sus protagonistas al cine para ver una película… neorrealista. Por la que más se conoce a Nieves Conde es por Balarrasa, realizada el año anterior a la que nos ocupa, y que más que realista es delirante: El misionero español Javier Mendoza (interpretado por el gran Fernando Fernán Gómez, que lo mismo servía para un roto que para un descosido) se encuentra atrapado en medio de una gran tormenta de nieve en Alaska. Temiendo que ha llegado el fin de sus días, comienza a recordar su vida: Tras la muerte de su madre, el padre se dedica al juego y el propio Javier, conocido como Balarrasa lleva también una vida desenfrenada. Tampoco los otros hermanos, Fernando (Luis Prendes), Lina (Dina Stern) y Maite (María Rosa Salgado) llevan vidas modélicas. Cuando estalla la Guerra civil española, Mendoza incurre en un comportamiento poco heroico que acaba con la vida de un compañero al jugarse a las cartas una guardia que no le corresponde. Impresionado por el suceso, ingresa en el Seminario. Tras reconducir la existencia de sus familiares, emprende una nueva vida como misionero… Una peli habitual en las sobremesas sabatinas televisivas en los sesenta, setenta, ochenta…

         De cómo películas del tipo de Surcos, que eran una clara crítica social sobre lo que llevaba décadas funcionando por aquí, y de cómo también llegó a las pantallas de los televisores el “Acorazado Potemkin” de Einsestein, tarde poco en enterarme, pues en los cursos de natación veraniegos conocí a su responsable: Alfonso Camposdeamor.



No hay comentarios:

Publicar un comentario