miércoles, 16 de mayo de 2012

14. DEL CAFÉ DE GIJÓN COMO SUCURSAL DE MONPARNASSE 19


         El grupo de artistas en ciernes que eran amigos de Mariana solía frecuentar el Café de Gijón, situado en el Paseo de Recoletos, no muy lejos de la Fuente de Cibeles. Y en alguna ocasión desembarque con ella allí después de que asistiéramos a una proyección en la Filmoteca.

         El tal café volvía a recuperar un cierto esplendor, acompañando al resurgimiento económico del país, después de haber pasado un largo periodo de progresivo decaimiento, que no había alcanzado ni a su decoración ni a su mobiliario. Debía de hacer décadas que no se habían pintado sus paredes, aunque los muchos dibujos y acuarelas, de artistas de renombre, que las cubrían, sin duda como ofrendas en pago a impagadas facturas, tapaban este defecto. Los veladores, de mármol negro sobre estructura de hierro repujado en forja, debían ser los mismos que en su día usó Valle-Inclán, como la tapicería en terciopelo granate de los bancos corridos con respaldo, lo que se notaba en lo raída que se encontraba en los lugares de más uso, mostrando un colorido más bien rosado en bastantes zonas. Unido a las esbeltas columnas decimonónicas de hierro forjado, que además de contribuir como soporte al edificio de cuatro plantas que se levantaba sobre el local, formaban parte de su decoración, daba al conjunto un aspecto de unión del pasado y el presente muy del agrado de una juventud de artistas que se consideraban a la vez bohemios y progresistas. 
          El grupo de amigos de Mariana había tramado amistad con un pintor ya consagrado, Martín Sáez, que por aquellas fechas exponía sus obras en la Galería Krisler 2, una de las más afamadas de la capital.
         Aquella tarde-noche le encontramos solo, tomándose un café, y tras de las presentaciones nos invitó a acompañarle.
        - Venimos de ver Los amantes de Monparnasse, en la Filmo. Están poniendo un ciclo sobre Jacques Becker -le explicó Mariana.
         - La vi hace tiempo en Paris, es sobre la vida de Modigliani, y dirigida por un gran director, la única pena es esté rodada en blanco y negro, así no se pueden apreciar en todo su esplendor los cuadros del artista -nos comentó Martin.

         Martin tendría a la sazón unos cincuenta y pocos años, con una cierta calvicie, siempre bien vestido y gran conversador, aún no había visto ninguno de sus cuadros pero intuía que sabía lo que se traía entre manos en el campo del arte. Unos días después visitaría la exposición que tenía vigente y desde aquel día continuaríamos una amistad, un tanto intermitente según los diferentes avatares que nos llevaban a uno y otro de acá para allá, hasta el día de su muerte, y que se prolongaría en el afecto hacia su sobrino Fernando, que también se había encaminado por los procelosos vericuetos del Derecho, y hoy es juez.
         - Lo que no sé si conocéis es que su protagonista, Gérard Philipe, también tuvo una muerte prematura, a los treinta y seis años, de un cáncer de hígado, cuando se encontraba en lo más florido de su carrera cinematográfica.
         - Tal vez la película le dio gafe -apuntó Mariana.
       - No creo ni en gafes ni en religiones, pero todo es posible -condescendió Martín.
 
         Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19, rodada en 1958), es un melodrama sobre los últimos años del pintor Modigliani, en una atmósfera del Paris bohemio de la segunda década del siglo XX se narran los amores del artista con sus modelos Beatrice Hastings, representada en la pantalla por Lilli Palmer, y Jeanne Hébuterne, por la bella Anouk Aimée. El 19 hace alusión al año en que se desarrollan los últimos acontecimientos previos a la muerte del también escultor, e introductor del “arte negro” en la cultura europea, de meningitis tuberculosa en su estudio de la calle de la Grande Chaumière, próxima al Boulevard de Montparnasse, que da nombre al barrio.

         - El auténtico gafe es la miseria -apunté.
         - Tiene razón, joven, la tuberculosis es una enfermedad que viene de la mano del hambre, y en la Europa de los años de la Gran Guerra y posteriores la había en abundancia. La compañera sentimental de Pablo Picasso por aquellos años, a la que en sus cuadros del cubismo sintético homenajea con el nombre de Eva, la primera mujer, aunque en realidad ella se llamaba Thérèse, también murió de tuberculosis por aquellas fechas… Tal vez por ello el maestro, aunque tuvo un cierto periodo de adoración al dólar cuando le llegó el éxito y se fue quitando el hambre, tanto físico como de notoriedad, acabara por apuntarse al Partido Comunista y llevar una vida bastante austera al final de su vida…
         - ¿Le conociste en persona? -le interrumpió Mariana.
         - Su casa siempre estaba abierta a cualquier artista joven, y si además llevabas el cuño de la españolidad tenías sitió asegurado en su mesa, lo que a más de uno nos vino muy bien para encontrar relaciones en Paris. Y eso deja huella, así que estáis invitados a lo que gustéis tomar.

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