El grupo de artistas en ciernes que
eran amigos de Mariana solía frecuentar el Café de Gijón, situado en el Paseo
de Recoletos, no muy lejos de la Fuente de Cibeles. Y en alguna ocasión
desembarque con ella allí después de que asistiéramos a una proyección en la
Filmoteca.
El tal café volvía a recuperar un
cierto esplendor, acompañando al resurgimiento económico del país, después de
haber pasado un largo periodo de progresivo decaimiento, que no había alcanzado
ni a su decoración ni a su mobiliario. Debía de hacer décadas que no se habían
pintado sus paredes, aunque los muchos dibujos y acuarelas, de artistas de
renombre, que las cubrían, sin duda como ofrendas en pago a impagadas facturas,
tapaban este defecto. Los veladores, de mármol negro sobre estructura de hierro
repujado en forja, debían ser los mismos que en su día usó Valle-Inclán, como
la tapicería en terciopelo granate de los bancos corridos con respaldo, lo que
se notaba en lo raída que se encontraba en los lugares de más uso, mostrando un
colorido más bien rosado en bastantes zonas. Unido a las esbeltas columnas decimonónicas
de hierro forjado, que además de contribuir como soporte al edificio de cuatro
plantas que se levantaba sobre el local, formaban parte de su decoración, daba
al conjunto un aspecto de unión del pasado y el presente muy del agrado de una
juventud de artistas que se consideraban a la vez bohemios y progresistas.
El grupo de amigos de Mariana había
tramado amistad con un pintor ya consagrado, Martín Sáez, que por aquellas
fechas exponía sus obras en la Galería Krisler 2, una de las más afamadas de la
capital.
Aquella tarde-noche le encontramos solo,
tomándose un café, y tras de las presentaciones nos invitó a acompañarle.
- Venimos de ver Los amantes de
Monparnasse, en la Filmo. Están poniendo un ciclo sobre Jacques Becker -le
explicó Mariana.
- La vi hace tiempo en Paris, es sobre
la vida de Modigliani, y dirigida por un gran director, la única pena es esté
rodada en blanco y negro, así no se pueden apreciar en todo su esplendor los
cuadros del artista -nos comentó Martin.
Martin tendría a la sazón unos
cincuenta y pocos años, con una cierta calvicie, siempre bien vestido y gran
conversador, aún no había visto ninguno de sus cuadros pero intuía que sabía lo
que se traía entre manos en el campo del arte. Unos días después visitaría la
exposición que tenía vigente y desde aquel día continuaríamos una amistad, un
tanto intermitente según los diferentes avatares que nos llevaban a uno y otro
de acá para allá, hasta el día de su muerte, y que se prolongaría en el afecto
hacia su sobrino Fernando, que también se había encaminado por los procelosos
vericuetos del Derecho, y hoy es juez.
- Lo que no sé si conocéis es que su
protagonista, Gérard
Philipe, también tuvo una muerte prematura, a los
treinta y seis años, de un cáncer de hígado, cuando se encontraba en lo más
florido de su carrera cinematográfica.
- Tal vez la película le dio gafe
-apuntó Mariana.
- No creo ni en gafes ni en religiones,
pero todo es posible -condescendió Martín.
Los amantes de Montparnasse
(Montparnasse 19, rodada en 1958), es un
melodrama sobre los últimos años del pintor Modigliani,
en una atmósfera del Paris bohemio de la segunda década del siglo XX se narran
los amores del artista con sus modelos Beatrice Hastings, representada en la
pantalla por Lilli Palmer, y Jeanne Hébuterne, por la bella Anouk Aimée. El 19
hace alusión al año en que se desarrollan los últimos acontecimientos previos a
la muerte del también escultor, e introductor del “arte negro” en la cultura
europea, de meningitis tuberculosa en su estudio de la calle de la Grande
Chaumière, próxima al Boulevard de Montparnasse, que da nombre al barrio.
- El auténtico gafe es la miseria
-apunté.
- Tiene razón, joven, la tuberculosis
es una enfermedad que viene de la mano del hambre, y en la Europa de los años
de la Gran Guerra y posteriores la había en abundancia. La compañera
sentimental de Pablo Picasso por aquellos años, a la que en sus cuadros del
cubismo sintético homenajea con el nombre de Eva, la primera mujer, aunque en
realidad ella se llamaba Thérèse, también murió de tuberculosis por aquellas
fechas… Tal vez por ello el maestro, aunque tuvo un cierto periodo de adoración
al dólar cuando le llegó el éxito y se fue quitando el hambre, tanto físico
como de notoriedad, acabara por apuntarse al Partido Comunista y llevar una
vida bastante austera al final de su vida…
- ¿Le conociste en persona? -le
interrumpió Mariana.
- Su casa siempre estaba abierta a
cualquier artista joven, y si además llevabas el cuño de la españolidad tenías
sitió asegurado en su mesa, lo que a más de uno nos vino muy bien para
encontrar relaciones en Paris. Y eso deja huella, así que estáis invitados a lo
que gustéis tomar.
Las manifestaciones públicas
reivindicativas, así como los sindicatos de clase y los partidos políticos
estaban prohibidos. La llegada masiva de turistas, que suponían la entrada en
el país de buenas divisas, había producido que en el ámbito de las costumbres
públicas se hubiera producido una cierta apertura, esto también abarcaba a la
Cultura y las Artes en general, y al cine en particular, pues aunque la primera
atracción fuera el sol y las playas, también había un cierto grupo bastante
notorio, que además de la consabida visita al Museo de El Prado, quería
disfrutar de unos espectáculos similares a los que tendría en su país de
origen, los cines de Arte y Ensayo cumplían esta función de una manera
perfecta, pues como además se proyectaban las películas en versión original,
como suele decirse: “miel sobre hojuelas”. Pero en lo referente a las
libertades públicas de reunión y manifestación los estamentos seguían
prohibiendo todo lo prohibible, y los sindicalistas acostumbraban a aprovechar
fechas muy señaladas como la Conmemoración del 1º Mayo, para pedir mayores
libertades, aún con el riesgo de perder la suya propio y llevarse un batacazo
proporcionado por los agentes del orden.
Como
la sede central del llamado “Sindicato Vertical” -extraño espécimen ideado por
calenturientas mentes de Régimen, en el que se quería agrupar en un mismo cajón
de sastre a obreros y patronos-, se encontraba ubicado en un precioso edificio,
obra de los arquitectos Cabrero y Aburto, que, como es inmenso, en la
actualidad alberga al Ministerio de Sanidad y, todavía, le queda sitio para ser
sede del sindicato Comisiones Obreras -en teoría de adscripción comunista y en
la realidad sindicato de servicios-, y está situado cercano a la Estación de
Atocha, las octavillas y demás panfletos, convocaban a reunirse en los aledaños
de la estación. “A las doce en Atocha”, era la consigna que se repetía año tras
año, invitando a la convocatoria.
Cuando la víspera, camino del 93, me
encontré con Pedro Francisco en la boca del metro de Tetuán, controlando que
los panfletos que había arrojado, lanzados al aire para que quedaran bien
esparcidos, eran recogidos por los usuarios antes de ser retirados por el
servicio especial de limpieza que el poder gubernativo montaba al respecto para
que no se difundiera la convocatoria, recibí la invitación de forma verbal.
- Espero verte por allí mañana…
- Arriesgas demasiado, amigo, ¿quién te
dice que cualquiera de los que pasan por aquí no es de la Brigada Político-Social
y te detienen por distribución de propaganda subversiva?
- Me encontrarían limpio, no llevo un papel encima, sólo corro peligro en el momento de traerlos y lanzarlos, y ya
procuro que en ese momento esté la calle despejada.
- Tu verás, pero hasta que no acabe la
Carrera no podré ser tu abogado defensor -bromeé.
- Podríamos quedar e ir juntos -propuso
Pedro, sin atender a la broma.
- He quedado con un amigo de la
facultad para ir a la matiné del Bellas Artes, a ver una película que parece
interesante: “La Kermesse Heroique”, mejor harías en acompañarnos y dejarte de
líos.
- ¿Estás seguro que tu vocación es ser
abogado laboralista?
- Ya llegan los de la limpieza, mejor
nos apartamos de aquí…
- Sí, como están entretenidos por aquí, cogeré otro paquete y repetiré la actividad en el metro de Estrecho…
La Kermesse Heroique, conocida
también como Carnaval en Flandes, es una coproducción franco-alemana de
1935, por la que su realizador, el belga Jacques Feyder, recibió en el Festival
Internacional de Venecia el premio al mejor director. Es una comedia, que a
pesar de estar rodada en blanco y negro, se apoya en la pintura de Jan Bruegel
el Joven para mostrar el costumbrismo del Flandes del siglo XVII. En una
pequeña villa, en tiempos de la dominación española de los Países Bajos, se
están preparando para su fiesta anual cuando reciben la noticia de que
recibirán la visita del Gobernador de España acompañado de su armada, los célebres
Tercios. Cunde el pánico entre los notables y comerciantes que recuerdan pillajes
y vandalismos producidos en anteriores visitas. El burgomaestre, que no es muy
valeroso, aconseja a la población calma, prudencia y obediencia a los
invasores, y que no se celebre el festejo. Pero su esposa, que es una mujer
bastante decidida, se reúne con las damas de la población y urden una trama
alternativa para que se lleven a cabo las fiestas, que es el desarrollo del
film, que se convertirá en una sátira sobre la guerra, el valor y el honor.
Por supuesto, el compañero de
Facultad que me acompañó a la proyección era Dolfo, y todavía nos reíamos y comentábamos
las últimas secuencias a la salida del cine cuando nos encontramos envueltos en
una nube de humo y griterío por todos los lados. Por lo que se veía la manifestación
había tenido en está ocasión más asistencia de la acostumbrada, y en su intento
por disolverla los antidisturbios la habían ido ampliando en forma de una
mancha de aceite que ya llegaba a la calle de Alcalá, y empleaban botes de humo
y pelotas de goma. Queriendo evadirme de los conflictos, éstos se empeñaban en
involucrarme en la lucha social…
Cuando, tras atravesar la calle de
Alcalá entre una nube de proyectiles llegados de uno y otro lado, nunca me
pareció tan ancha esta calle, y subir por la calle de Barquillo, nos
encontramos Dolfo y yo sentados en un banco de la Plaza del Rey, en una
atmósfera limpia y rodeados de árboles, sólo se le ocurrió comentar a mi amigo:
Otro de los cines que tenía sala de
baile en su sótano era el Real Cinema, emplazado en la Plaza de Isabel la
Segunda, más conocida como Plaza de Ópera por ubicarse también allí una de las
fachadas del Teatro Real, que más que dedicarse al teatro en sí estuvo desde
siempre dedicado a la música clásica en sus variadas vertientes. Aunque la
fachada principal del Real, como popularmente se le conoce, esté enfrentada con
la del Palacio de Oriente, que para seguir con el juego de inexactitudes
topológicas se sitúa justo al oeste de la capital. Los bloques de viviendas y
oficinas que prolongan está fachada, obra también del arquitecto italiano
Sachetti, como el Palacio, tienen forma de arco contribuyendo a establecer una
bonita plaza barroca ajardinada, presidida en su centro por la estatua ecuestre
de don Felipe el Cuarto, cuyo diseño se atribuye a Velázquez, el estudio de
fuerzas para que el caballo esté en posición rampante, apoyado sólo en dos
patas y la cola, a Galileo, y la realización del bronce a Felipe Vigarny.
Bonito lugar para pasear los enamorados
en un atardecer primaveral, aunque si las cosas no van bien entre la pareja,
también puede ser perfecto para tener alguna disputa. Y entre Clara y yo cada
vez eran mayores las diferencias en gustos y forma de plantear un futuro común.
Salíamos de ver Mujeres Enamoradas, en el
Real Cinema, una película del director Inglés Ken Russell, de
1969, basada en la novela de D. H.
Lawrence, que ganó un Oscar por Glenda Jackson
y rompió el tabú
del cine sobre la desnudez frontal masculina. Y como tuvo unos buenos
beneficios económicos puso a Russell en una cadena de películas de tema adulto
que fueron tan controvertidas como exitosas, entre ellas “La Pasión de Vivir”,
sobre la vida de Chaikovski. Le ayudo bastante al gran
respaldo que tuvo Mujeres Enamoradas, el que se rodeara de los mejores actores
que había por el momento en la isla, Alan Bates y Oliver Reed eran los
protagonistas masculinos, y en los papeles femeninos acompañaba a Glenda
Jackson haciendo el papel de su hermana Jennie Linden. Seguía bastante al pie
de la letra el guión de la novela en el que se entremezclan las relaciones de
las hermanas, de caracteres muy diferentes, con sus noviazgos con dos jóvenes amigos
que mantienen una estrecha relación, en la que se deja entrever una cierta homosexualidad.
Y algún otro episodio de relaciones entre parejas de su entorno para surtir de
un amplio abanico de lo complicadas que son las relaciones entre los seres
humanos, aunque esté de por medio la amistad o el amor. Glenda, había ganado de
nuevo este 73 el óscar a la mejor actriz, con “Un Toque de Clase”, de Melvin
Franck, y tal vez ese fuera el motivo de que se repusiera la inspirada en la
obra de Lawrece. Llegó a ser una actriz mítica por aquellos años, hasta el
punto que Julio Cortázar, entre Rayuela y Rayuela, la dedicara un cuento: “Queremos
tanto a Glenda”, que constituye una crítica al desmedido cariño que tienen algunos
admiradores hacia los personajes públicos, que les pueden poner en serías dificultades.
Tal vez lo visionado en la pantalla me
ayudó a sincerarme con Clara, y ella que también estaba al tanto de que algo no
funcionaba bien en nuestra relación, desde hacía un tiempo, tampoco puso mucho
empeño en no se consumara nuestra ruptura.
Como las muertes de allegados no suelen
venir solas, sino que más bien vienen por tríos, por algo son tres las Parcas,
las encargadas de tejer y destejer nuestro destino, el día 8 de abril fallecía
en Mougins Pablo Picasso, padre putativo de la pintura de mi amigo Pepu,
cumpliendo su promesa de no volver a pisar territorio patrio mientras no se restablecieran
las libertades públicas en las Españas. Como había decidido permanecer
enclaustrado en casa hasta que terminara mi trabajo sobre el Derecho de Gentes
de Francisco de Vitoria, llamé al Colegio Mayor para darle el pésame por
teléfono al vanguardista pintor, y él me lo agradeció haciéndome un horrible
retrato en la siguiente ocasión en que nos vimos. El retrato lo conservo por
cariño hacia a su autor, pero haré todo lo posible porque nunca salga a la luz
pública… Para más, me puso una granada, de las que explotan, con la mecha
encendida en la mano…
Cuando se tiene que realizar un trabajo
más por obligación que por devoción, y además con una fecha de entrega
determinada, cualquier disculpa es buena para aplazar su terminación, así que
aquellos días me tomé desacostumbradas dosis de televisión.
Los televisores ya se habían adueñado
del lugar más importante en la sala de estar de los hogares, y el nuestro no
fue una excepción. Nuestra vecina, doña Josefa, una de las razones que me
hacían visionar las pelis memorizando para después poder contárselas, había
fallecido, y su marido además de jubilado se había quedado solo, buenos motivos
para ser uno de los primeros del vecinos del 93 en tener el aparato de los
fuegos fatuos, en primer lugar para que la pantalla le proporcionara compañía,
y en segundo para obtener compañía adicional invitando a algún vecino cuando se
retrasmitía algún evento excepcional del tipo partido de balompié importante o
corrida de toros. Como no me entusiasmaban este tipo de eventos le hice pocas
visitas por este motivo, pero en alguna ocasión le hice encender el aparato
cuando me enteraba de que iban a poner alguna peli interesante.
Los informativos hacían todo lo posible
por desinformar a la ciudadanía de cuanto acaecía fuera y dentro de las
fronteras, los programas de entretenimiento y variedades eran un perfecto
somnífero, lo que era de agradecer pues me hacían regresar a la tarea, pero de vez
en cuando proyectaban alguna peli interesante, como Surcos, dirigida
por José Antonio Nieves Conde en 1951.
Película de gran dureza ambientada en
el Madrid de la postguerra, donde el hambre lleva a algunas personas a la
práctica del estraperlo,
(venta de mercancías robadas en lo
que se denomina como “mercado negro”). Rodada en blanco y negro, sobre un
argumento de Eugenio Montes, trata de una familia de campesinos que
llega a la ciudad con el propósito de encontrar un horizonte nuevo para sus
vidas, pero nada les saldrá como ellos imaginaban. El padre (José
Prada) ve como la familia
se va desmoronando cada vez más sin poder hacer nada para evitarlo, La madre
(María
Francés), ve con buenos
ojos como se va prosperando sin importarle la procedencia del dinero, ya que Pepe,
el hijo mayor (Francisco
Arenzana), no encontrando
ningún trabajo que le acomode encuentra una salida cómoda, pero de trágicas
consecuencias, en el "estraperlo" y según va adquiriendo mejor
posición social también se va acrecentando su inmoralidad, Antonia, la hija
(Marisa de Leza) encuentra un empleo como criada mientras
sueña con abrirse paso en el mundo de la canción, y, cuando ve fracasados sus
sueños, se convierte en la amante de un estraperlista, Don Roque, "el
Chamberlain" (Félix Dafauce), que acabará por ser el causante de la
muerte de Pepe en un ajuste de cuentas en el garaje almacén donde se
realizan los "trapicheos". Como contrapunto, Manolo, el hijo menor
(Ricardo
Lucía), después de
diversas peripecias comienza a trabajar en un guiñol y se enamora de la hija del
hombre que lo lleva. Una vez enterrado el hijo mayor, la familia se acaba de
desbaratar, y el padre y la hija se vuelven al pueblo, en una escena final en
que se cruzan en la estación
de Atocha con una familia
que viene ufana con las mismas intenciones que llegaron ellos.
Es
probable que sea la película española más emparentada con el neorrealismo
italiano de los Rossellini y De Sica, y el director no duda de hacer un
homenaje explícito a sus maestros cuando lleva a dos de sus protagonistas al
cine para ver una película… neorrealista. Por la que más se conoce a Nieves
Conde es por Balarrasa, realizada el año anterior a la que nos ocupa, y que
más que realista es delirante: El misionero español Javier Mendoza (interpretado
por el gran Fernando Fernán Gómez, que lo mismo servía
para un roto que para un descosido) se encuentra atrapado en medio de una gran
tormenta de nieve en Alaska. Temiendo que ha llegado el fin de sus días, comienza a
recordar su vida: Tras la muerte de su madre, el padre se dedica al juego y el
propio Javier, conocido como Balarrasa lleva también una vida
desenfrenada. Tampoco los otros hermanos, Fernando (Luis Prendes),
Lina (Dina Stern) y Maite (María Rosa Salgado)
llevan vidas modélicas. Cuando estalla la Guerra civil española, Mendoza
incurre en un comportamiento poco heroico que acaba con la vida de un compañero
al jugarse a las cartas una guardia que no le corresponde. Impresionado por el
suceso, ingresa en el Seminario. Tras reconducir la existencia de sus
familiares, emprende una nueva vida como misionero… Una peli habitual en las
sobremesas sabatinas televisivas en los sesenta, setenta, ochenta…
De cómo películas del tipo de Surcos,
que eran una clara crítica social sobre lo que llevaba décadas funcionando por
aquí, y de cómo también llegó a las pantallas de los televisores el “Acorazado
Potemkin” de Einsestein, tarde poco en enterarme, pues en los cursos de
natación veraniegos conocí a su responsable: Alfonso Camposdeamor.
Para complicar más mi relación con
Clara, al día siguiente acaeció un hecho a la vez trágico e insólito.
Aunque no soy muy partidario de las
creencias en un más allá, algunos sucesos acaecidos en el más acá se empeñan en
que me lo tenga que plantear… Como todos los periódicos de la época se afanaban
más en desinformar y crear cortinas de humo que en dar noticias que pudieran
dar a la ciudadanía motivos para pensar, el criterio elegido por mi padre para
la compra de prensa eran los suplementos artísticos y literarios que pudiera
llevar aparejado el papel. Como tampoco los diarios se suplementaban todos los
días la mercadería tampoco era cotidiana, entresemana el Informaciones tenía
uno magnífico, y se atrevió hasta a publicar en fascículos una Enciclopedia del
Siglo XXI, como un compendio de todos los conocimientos que en el mundo de la
Ciencia, el Arte y la Tecnología se tenían hasta el momento y que se esperaba
eclosionasen en auténticas maravillas en breves años… Como no estaba escrita
por videntes no podían saber del amplio desarrollo que tendría la Ecología en
los años inmediatos, y no hay ningún tema específico dedicado a ella.
Los domingos el suplemento del ABC era
la estrella, y el periódico que llegaba a casa. Aunque como portavoz intemporal
de una monarquía, que de momento era inexistente, y mucho se dudaba que se
restaurara algún día, a pesar de que el país llevará el pomposo y trasnochado
nombre de Reino de España, era en sus planteamientos bastante carca, y solía
leer sólo el magazine, que era muy variado en sus temas y siempre tenía un
chiste, o varios, del genial Antonio Mingote,
que compartía también cartel con lo más granado de los cómicos gráficos
antirrégimen en las páginas del semanario “La Codorniz”, “La revista más audaz
para el lector más inteligente”, y añado que la que más veces tuvo secuestrada
su edición por los estamentos públicos, como en aquella ocasión en que la
contraportada era un huevo de gallina puesto de pie y el epígrafe decía:”El
huevo de Colón (La próxima semana publicaremos la foto del otro huevo)”.
Pero aquel domingo no sólo se me
ocurrió abrir el periódico en sí sino ponerme a leer las esquelas, un apartado
que constaba de varias páginas, y allí me encontré, como con un tiro en plena
cara, con la noticia: Don Pablo Maruri Maza, muerto en accidente de automóvil.
No daba crédito a lo que leía, que yo supiera nunca había tenido coche…
Como todavía conservaba el teléfono de
algunos compañeros del Instituto me puse en contacto con uno de ellos, que
sabía había mantenido alguna relación más estrella con él desde los tiempos en
que hacíamos teatro leído en el YMCA. La Asociación de Jóvenes Cristianos,
tenía una larga trayectoria en los países anglosajones y había sido fundada en
Londres a mediados del siglo XIX, pero como su tendencia religiosa era más bien
protestante nunca tuvo mucho éxito en la católica España. A finales de los
sesenta don Joaquín Ruíz Jiménez, de tendencias políticas demócratas
cristianas, que años después sería el primer Defensor del Pueblo cuando se
creara esta institución con el restablecimiento de las libertades públicas,
introdujo una sección de la organización en el país, y tenían su sede en un
apartamento cercano a la Plaza de España, donde, entre otras actividades, se
practicaba la lectura leída de obras de teatro que la censura impedían que
fueran representadas en los escenarios…
Tengo el extraño honor de haber sido el
Calígula, según la obra teatral de Albert Camus, que aunque vestido con ropa de
calle y con el libro en la mano, interpretará por primera vez al personaje
sobre una tarima por aquí. Fue en el Teatro Infanta Isabel, por la calle de
Barquillo, que las influencias de don Joaquín habían permitido que nos lo
cedieran en una mañana dominical, donde, con los decorados de la obra que
tenían en ese momento en cartel, se celebró el evento.
- ¿José Antonio?
- ¡Caramba, Ramón, cuánto tiempo!
- ¿Es cierto lo de la muerte de don
Pablo?
- Por desgracia lo es… Ahora estoy
almorzando con mi familia porque he quedado con unos amigos para ir a la
primera sesión de cine, si quieres nos acompañas y ya te cuento después.
- ¿Qué vais a ver?
- Muerte en Venecia, en el Marqués de
Urquijo, aquí, cerca de casa.
- Ya la he visto y, además todavía no
he comido, si acaso te espero a la salida del cine.
- Si la proyección termina antes de que
hayas llegado te aguardaré, ¡qué alegría volver a saber de ti!
Muerte
en Venecia (título original: Morte a Venezia) es
una película franco-italiana dirigida
por Luchino
Visconti. Adapta la novela corta La muerte en Venecia
del escritor alemán Thomas
Mann.
Esta cinta, una de las últimas obras
del director de Rocco
y sus hermanos, Senso y El
gatopardo, fue
nominada al Oscar al mejor vestuario. Es una disquisición
estético-filosófica sobre la pérdida de la juventud y la vida, encarnada en el
personaje de Tadzio, y el final de una era representada en la figura del
protagonista.
A principios del siglo XX, el
compositor Gustav von Aschenbach (Dirk
Bogarde) muy delicado de salud huye a un breve descanso en Venecia. Huye de
su país (posiblemente Baviera), del dolor de haber perdido a su hija y
del fracaso de su matrimonio y su última obra. Huye de su mujer, de las
discusiones con su amigo intelectual y se aleja de la severidad teutona, en
resumidas cuentas huye de su vida. Aquejado de una grave enfermedad, sabe que
le queda poco tiempo de vida.
En la decadente e inspiradora ciudad de
los canales, se enamorará de Tadzio, un adolescente polaco de ascendencia noble
y sobrecogedora belleza. Su madre está encarnada por Silvana Mangano. Obsesivamente vagará contemplando la
inalcanzable belleza de Tadzio y de la propia Venecia, sumergiéndose en la
decadencia de una ciudad que no admite estar condenada por una epidemia de
cólera y al igual que él trata de huir de su propia decadencia. Finalmente
Aschenbach sufre un ataque al corazón en la playa, y mientras él va a su
inexorable encuentro con la muerte observa como el bello Tadzio se aleja
iluminado por el sol mientras suenan los acordes del último movimiento de la 5ª
Sinfonía de Gustav Mahler.
- El café Viena no está muy lejos
podemos tomar algo allí mientras te pongo al corriente, como sabes procedía de
tierras vascas, y tienen intención de enterrarle en el panteón familiar.
Como llegué tarde a la cita se había
despedido de los amigos que le acompañaron a ver la viscontiana película, y
caminábamos solos entre las últimas luces del atardecer rumbo a la cercana
cafetería, poniéndonos al corriente de nuestras respectivas actividades desde
que dejamos el instituto. La fisonomía de José Antonio tenía un cierto parecido
con la de mi gran amigo de siempre, Rivas, quizá por ello siempre me había
llevado muy bien con él.
El café Viena, situado cerca del Paseo
de Rosales, estaba decorado en verdes y, por aquella época, sufría un periodo
de deterioro progresivo, después de haber vivido muchos años de esplendor. La
sinusoide existencial, que además de a las personas afecta a las empresas, los
locales…
Ante sendos cafés con leche, rodeados
por algunas parejas de ancianos, que hacían su merienda, también era
pastelería, y lo sigue siendo. ahora remozada como Viena Capellani, me fui
enterando de los últimos avatares en la vida de nuestro antiguo profesor de
Historia del Arte, pues desde el fracaso asistencial de nuestro Calígula había
dejado de tener relación con él, y este tema también salió a relucir en la
conversación.
- Era normal que no hubiera mucha
concurrencia, no se hizo ninguna propaganda y el acceso se hizo por invitación,
de haber tenido más difusión seguro que se hubiera prohibido el acto.
- Creo que estábamos más gente sobre el
escenario que en el patio de butacas…
- Pero un público bien distinguido…
algunos de nuestros compañeros del instituto y jovenzuelos del YMCA -bromeó
José Antonio.
- Y nuestro profe don Pablo… que me felicitó con mucha efusión al terminar el acto, ¿me
cuentas ya como sucedió?
Y mi excompañero de aulas empleó el flashback
para relatármelo, con alguna que otra objeción admirativa por mi parte.
- Venían de merendar en Chinchón en el
utilitario de su novia…
- ¿Novia? Siempre consideramos que era
de la acera de enfrente.
- Ya ves, lo mismo que las autoridades
académicas, que lo medio expulsaron del Cardenal Cisneros por las dudas y… por
lo del affaire de los delegados de curso de quinto que les cedisteis amablemente
el salón de actos del instituto a los universitarios de Derecho para que dieran
una conferencia sobre Mao…
- No teníamos ni la más remota idea de quién
era tal individuo, tal vez el ansia de nuevos conocimientos nos llevara
demasiado lejos -bromeé -, pero sigue con lo de don Pablo.
- El coche lo conducía ella, ya sabes
que la carretera de Chinchón hasta que se llega a la nacional de Andalucía es
de doble circulación, muy angosta y llena de vueltas y revueltas…
- Alguna vez he ido a almorzar allí, a las preciosas
galerías porticadas de su Plaza Mayor, que también se reconvierte en plaza de
toros cuando hay festejos, y que ha hecho universalmente popular la peli “La
vuelta al mundo en ochenta días”, con Cantinflas toreando una vaquilla. Una
carretera muy peligrosa, llena de puertecillos.
- Pues en uno de ellos, un camión que
venía en dirección opuesta se les echó encima y, para no chocar contra él, ella
debió de dar un volantazo y el automóvil rodó por un barranco. Don Pablo debió
de morir en el acto y ella se encuentra hospitalizada con las piernas rotas.
- ¡Qué fuerte! No me acabo de hacer a
la idea de que tuviera una pareja femenina.
- A través de lo del teatro leído seguí
en contacto con él. Encontramos un filón en Samuel Becker y el teatro del
absurdo, pues requería pocos personajes y casi nulos decorados, “Final de
Partida” y cosas así. Como era un profesor muy preparado y de amplios conocimientos
cuando le recomendaron que abandonara nuestro instituto encontró una plaza en
el más cercano, el Lope de Vega…
- El de las colegialas con las que tonteábamos
por los jardines de Sabatini, a la sombra del Palacio Real, cuando hacíamos pellas.
- Pues una de esas chavalinas que
cursaba Preu se hizo un hueco en su corazón y le hizo feliz estos últimos años.
Se debían de llevar treinta años o más…
- Esto del amor tiene cosas muy
extrañas, y de alguna manera este suceso me está ayudando a clarificar mis
propios sentimientos en una relación sobre la que tengo mis dudas en proseguir.
Se refería a la película “La Naranja
Mecánica”, de Stanley Kubrik, que por aquellas fechas estaba teniendo un gran
éxito en el cine “Cid Campeador”, lo que suponía una excepción a lo habitual en
las salas de Arte y Ensayo.
- No he tenido ocasión, ando muy
ocupado con los estudios, y, además, me han dicho que se forman largas colas y
no es fácil encontrar localidades.
- Según y cómo, dado el éxito se han
sacado de la manga sesiones matinales también los sábados. Tengo intención de
volver a verla, si te apuntas el próximo fin de semana…
- No creo que pueda, hay exámenes a la
vista… y además está “la tercera palabra”: falta de liquidez. Tengo los
bolsillos más vacíos que el estómago de Carpanta.
- No me jodas, Ramón, lo mismo que el
personaje del tebeo siempre acaba por encontrar algo que engullir ya podrás
buscar la forma de encontrar algunas monedas para sacar la entrada… La película
es de Kubrik, el fenómeno que dirigió “Spartacus”…
- Y, por supuesto, en inglés…
- ¿Tu afición por el francés tiene
algún otro motivo diferente a que tu amiga Mariana esté estudiando su
filología? - bromeó Delfo.
- La estudie como segunda lengua en el
Bachillerato -le respondí sin hacer caso a su chanza.
- Doy por hecho que te refieres al
idioma y no a la de tu amiga, porque por entonces todavía no la conocías,
jajajaja -siempre igual el insensato de Delfo.
- ¡Eres insoportable, querido! -me
obligó a exclamar.
Como ya dije con anterioridad Delfo
acabó por ser un gran fiscal… y como, por mi parte, tampoco soy tan mal abogado
defensor nos acompañó Mariana a la
proyección en la matiné del siguiente sábado.
A Clockwork Orange
(conocida como Naranja mecánica o La naranja mecánica) es una
adaptación fílmica de la
novela homónima de 1962,
escrita por Anthony
Burgess. La película, que
fue filmada en Inglaterra, muestra al personaje Alex DeLarge (Malcolm McDowell), un delincuente psicópata y carismático,
cuyos placeres son la música clásica (especialmente Beethoven), la violación y la ultra-violencia. Lidera una banda de matones (Pete,
George y Dim), a los que llama drugos (del término ruso друг, amigo, colega), con los que comete una serie de
violentas fechorías. Es capturado, y se le intenta rehabilitar a través de una
técnica de psicología conductista. Alex narra la mayor parte del filme en nadsat,
una jerga adolescente ficticia que combina lengua eslava (especialmente ruso), inglés y la jerga
rimada cockney.
Los exteriores están rodados en un
barrio de Londres de una arquitectura muy moderna, para la época, con lo que el
autor quiere dar al film un cierto ambiente futurista, a lo que contribuye
también el vestuario de los actores y el diseño de los interiores. Una vez más Kubrick sigue poniendo la vista en
ese, para él, mítico 2001, que al final resultó ser, para los europeos, más una
Odisea de los Bolsillos, con el cambio a la moneda única, el euro, que hizo
aumentar el coste de los productos de una manera exponencial, que cualquier
otro tipo de aventura.
La película se caracteriza por sus contenidos
violentos (entre los que destaca la violación de una mujer con una nariz pico
de marabú, del tipo de las que se usan como máscaras en el Carnaval de
Venecia), que facilitan una crítica social en psiquiatría, el pandillerismo juvenil, las teorías conductistas en psicología y otros tópicos ubicados en una sociedad
futurista distópica. Su banda sonora está principalmente compuesta por pasajes
de música clásica, varios de ellos reinterpretados y en
ocasiones, como en el caso de los títulos de crédito, adaptados por la
compositora Wendy Carlos utilizando el sintetizador Moog.
Un plato demasiado fuerte para una
matiné sabatina, que me invitó a quedarme en casa a estudiar aquella tarde, porque
además recordé que antes de las vacaciones de Semana Santa debía entregar un
trabajo académico que llevaba bastante atrasado, de Derecho Internacional,
sobre la figura del padre Vitoria, y disculparme por teléfono con Clara para
romper con la cita que habíamos acordado la semana anterior. Ella fue muy
comprensiva con mi problema, pero un cierto tono en su voz me dio muestras de
que comenzaba a tener un cierto mosqueo respecto de nuestra relación y que algo
no marchaba muy bien.
-Puedes
acompañar a Sole y Pedro al baile, si no te quieres quedar en casa aburrida…
-Ya
veré lo que hago, comprenderás que no es lo mismo ir acompañada que de carabina
-medio bromeó.