Las manifestaciones públicas
reivindicativas, así como los sindicatos de clase y los partidos políticos
estaban prohibidos. La llegada masiva de turistas, que suponían la entrada en
el país de buenas divisas, había producido que en el ámbito de las costumbres
públicas se hubiera producido una cierta apertura, esto también abarcaba a la
Cultura y las Artes en general, y al cine en particular, pues aunque la primera
atracción fuera el sol y las playas, también había un cierto grupo bastante
notorio, que además de la consabida visita al Museo de El Prado, quería
disfrutar de unos espectáculos similares a los que tendría en su país de
origen, los cines de Arte y Ensayo cumplían esta función de una manera
perfecta, pues como además se proyectaban las películas en versión original,
como suele decirse: “miel sobre hojuelas”. Pero en lo referente a las
libertades públicas de reunión y manifestación los estamentos seguían
prohibiendo todo lo prohibible, y los sindicalistas acostumbraban a aprovechar
fechas muy señaladas como la Conmemoración del 1º Mayo, para pedir mayores
libertades, aún con el riesgo de perder la suya propio y llevarse un batacazo
proporcionado por los agentes del orden.
Como
la sede central del llamado “Sindicato Vertical” -extraño espécimen ideado por
calenturientas mentes de Régimen, en el que se quería agrupar en un mismo cajón
de sastre a obreros y patronos-, se encontraba ubicado en un precioso edificio,
obra de los arquitectos Cabrero y Aburto, que, como es inmenso, en la
actualidad alberga al Ministerio de Sanidad y, todavía, le queda sitio para ser
sede del sindicato Comisiones Obreras -en teoría de adscripción comunista y en
la realidad sindicato de servicios-, y está situado cercano a la Estación de
Atocha, las octavillas y demás panfletos, convocaban a reunirse en los aledaños
de la estación. “A las doce en Atocha”, era la consigna que se repetía año tras
año, invitando a la convocatoria.
Cuando la víspera, camino del 93, me
encontré con Pedro Francisco en la boca del metro de Tetuán, controlando que
los panfletos que había arrojado, lanzados al aire para que quedaran bien
esparcidos, eran recogidos por los usuarios antes de ser retirados por el
servicio especial de limpieza que el poder gubernativo montaba al respecto para
que no se difundiera la convocatoria, recibí la invitación de forma verbal.
- Espero verte por allí mañana…
- Arriesgas demasiado, amigo, ¿quién te
dice que cualquiera de los que pasan por aquí no es de la Brigada Político-Social
y te detienen por distribución de propaganda subversiva?
- Me encontrarían limpio, no llevo un papel encima, sólo corro peligro en el momento de traerlos y lanzarlos, y ya
procuro que en ese momento esté la calle despejada.
- Tu verás, pero hasta que no acabe la
Carrera no podré ser tu abogado defensor -bromeé.
- Podríamos quedar e ir juntos -propuso
Pedro, sin atender a la broma.
- He quedado con un amigo de la
facultad para ir a la matiné del Bellas Artes, a ver una película que parece
interesante: “La Kermesse Heroique”, mejor harías en acompañarnos y dejarte de
líos.
- ¿Estás seguro que tu vocación es ser
abogado laboralista?
- Ya llegan los de la limpieza, mejor
nos apartamos de aquí…
- Sí, como están entretenidos por aquí, cogeré otro paquete y repetiré la actividad en el metro de Estrecho…
La Kermesse Heroique, conocida
también como Carnaval en Flandes, es una coproducción franco-alemana de
1935, por la que su realizador, el belga Jacques Feyder, recibió en el Festival
Internacional de Venecia el premio al mejor director. Es una comedia, que a
pesar de estar rodada en blanco y negro, se apoya en la pintura de Jan Bruegel
el Joven para mostrar el costumbrismo del Flandes del siglo XVII. En una
pequeña villa, en tiempos de la dominación española de los Países Bajos, se
están preparando para su fiesta anual cuando reciben la noticia de que
recibirán la visita del Gobernador de España acompañado de su armada, los célebres
Tercios. Cunde el pánico entre los notables y comerciantes que recuerdan pillajes
y vandalismos producidos en anteriores visitas. El burgomaestre, que no es muy
valeroso, aconseja a la población calma, prudencia y obediencia a los
invasores, y que no se celebre el festejo. Pero su esposa, que es una mujer
bastante decidida, se reúne con las damas de la población y urden una trama
alternativa para que se lleven a cabo las fiestas, que es el desarrollo del
film, que se convertirá en una sátira sobre la guerra, el valor y el honor.
Por supuesto, el compañero de
Facultad que me acompañó a la proyección era Dolfo, y todavía nos reíamos y comentábamos
las últimas secuencias a la salida del cine cuando nos encontramos envueltos en
una nube de humo y griterío por todos los lados. Por lo que se veía la manifestación
había tenido en está ocasión más asistencia de la acostumbrada, y en su intento
por disolverla los antidisturbios la habían ido ampliando en forma de una
mancha de aceite que ya llegaba a la calle de Alcalá, y empleaban botes de humo
y pelotas de goma. Queriendo evadirme de los conflictos, éstos se empeñaban en
involucrarme en la lucha social…
Cuando, tras atravesar la calle de
Alcalá entre una nube de proyectiles llegados de uno y otro lado, nunca me
pareció tan ancha esta calle, y subir por la calle de Barquillo, nos
encontramos Dolfo y yo sentados en un banco de la Plaza del Rey, en una
atmósfera limpia y rodeados de árboles, sólo se le ocurrió comentar a mi amigo:
-
Esto sí que es una Kermesse…

¡ Qué bien la hiciste Feyder, que le buscan derechos de autor a tus cenizas ! Mejor que como yo te envien ramos de rosas rojas hasta el lucero desde el que me sonries... Los creativos somos viento de Libertad.
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